apolitica

¿Apolítico? ¡No! Se miente a sí mismo Artículo de Óscar de Caso

Todo aquel que manifiesta su distanciamiento de los juegos y las doctrinas políticas no siempre debe ser creído. Generalmente, el individuo que se proclama apolítico disfraza con ello un miedo a ejercer o exponer en público sus verdaderas opiniones políticas, o un arrepentimiento de actividades políticas pasadas que le llevaron a trances difíciles.

No es realista mantener en el mundo de hoy una verdadera actitud mental apolítica, porque la política tiende a invadir la vida completa del ciudadano, desde su profesión u oficio hasta su vida familiar; la actitud de espectador puro casi nunca es posible, ni aún en lo que los espectáculos en que el drama o la comedia reclaman la identificación y la participación del actor. El apolítico «que nunca se ha metido en nada», puede ser considerado como un colaborador pasivo del poder establecido, dispuesto a serlo inmediatamente del poder que le suceda, si éste se lo permite y acepta.

La actitud de un apolítico es difícilmente condenable desde un punto de vista moral o ético, desde el momento en que los poderes constituidos tienden cada vez a dejar muy escaso margen al ciudadano para que éste ejerza sus verdaderas opciones con arreglo a su pensamiento y a sus intereses, pero sí puede decirse que pocas veces piensa; el apolítico –al que no hay que confundir con el tránsfuga político o con el colaboracionista activo- no suele conseguir jamás su aislamiento ideal y suele ser víctima de la política, cuya existencia no quiere reconocer. Incluso la posición del apolítico implica una capacidad precisamente política: la carga de mensajes que recibe de televisiones, radios o periódicos le obliga a estar alerta para seleccionar de ellos lo que le conviene o lo que ha de rechazar.



La política, ahora, es invasora y totalitaria, es voraz en el sentido de reclamar la colaboración de todos, sobre todo en período electoral. No confundir una posición apolítica con el rechazo de los partidos políticos existentes o con la afiliación mental a una forma utópica de organización de las sociedades. El apoliticismo puro debía ser una idea admitida, un derecho del ciudadano, siempre que éste aceptase las resoluciones de los demás en cuanto a la dirección y gobernación del país. Las dictaduras han mantenido una oposición muy curiosa en este sentido: han querido obligar a todos los individuos a aceptar su régimen o su sistema, politizándolos a través de unas organizaciones políticas disfrazadas –juventudes, secciones femeninas, gremios, etc.- y al mismo tiempo considerándolos ajenos a la política, entendida ésta como un pluralismo que expresaba la situación social y, por lo tanto, ideológica de ese individuo.

El apolítico puro, el que adopta esta postura como una forma ética y filosófica de respuesta a la vista, suele ser frecuentemente víctima de la política cuya existencia no quiere reconocer. El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres.

POSDATA.- Este escrito está registrado en el libro «Diccionario político», revisado y ampliado en su segunda edición de 1995. Su autor es el periodista Eduardo Haro Tecglen (1924-2005).




«El analfabeto político» es el título que le puso a este poema Bertolt Brecht.

 

El peor analfabeto

es el analfabeto político.

No oye, no habla

ni participa en los acontecimientos políticos.

No sabe que el coste de la vida,

el precio de las judías,

del pescado, de la harina,

del alquiler, de los zapatos

y de las medicinas

dependen de decisiones políticas.

El analfabeto político

es tan asno que se enorgullece

y saca pecho diciendo

que odia la política.

No sabe el imbécil que

de su ignorancia política

nace la prostitución,

el niño abandonado, el atracador

y el peor de todos los bandidos:

el político delincuente,

canalla, corrupto

y lacayo de las empresas nacionales

y multinacionales.

Óscar de Caso

Colaborador de Caudete Digital. Opinión política