A consecuencia de haber tenido durante la noche un sueño en el que me veía en mi lozana juventud, con mis amigos, en uno de los futbolines de mi barrio; al levantarme, se me ha disparado el disco duro de la memoria y de los recuerdos y, antes de que se pudiera borrar alguno de ellos, me puse a acariciar las teclas de la computadora. Nostalgia nunca, quizá un poco de melancolía.
He de comunicarles que los chicos de aquel momento usábamos el término «futbolines» que, en realidad, era el bajo comercial que, en la fachada y en su parte superior, tenía un letrero donde rezaba la palabra BILLARES; esta palabra, al paso de los años, derivó en el eufemismo RECREATIVOS y, más tarde, en SALÓN DE JUEGOS.
En las ciudades, hace 50 años, era abundante la proliferación de estos miniparques temáticos de diversión. El talante de su clientela acompasaba al barrio donde este local estuviese ubicado. Les puedo asegurar, benditos lectores, que he atravesado la puerta de algunos, en ciertos barrios conflictivos, y he salido con paso ligero de forma inmediata.
Debido a que las viviendas corrientes en aquellos años no sobrepasaban los 40 metros cuadrados, donde se amontonaban cuatro o cinco inquilinos en su interior, los críos la visitábamos tan sólo para las necesidades u obligaciones primordiales. Gran parte del resto del tiempo libre, permanecíamos durante horas en estos lugares, dispusiéramos o no de dinero, donde siempre, siempre… encontrábamos algún amiguete. La obsesión era salir de casa.
No existía restricción de entrada por edad; encontrar alguna chica dentro, en aquellos años, era del todo imposible, una alucinación de psiquiatría. En invierno, los futbolines eran unos lugares acogedoramente calientes (más que algunos hogares). En verano también eran muy acogedores, pero calurosos en demasía. No poseían lo que en aquél entonces se denominaba con pretenciosidad «local refrigerado». Te comprabas tres Celtas cortos sin filtro por una pela y allí los quemabas. El futbolín era el campamento base donde invariablemente quedaba la pandilla, allí se consensuaba la hoja de ruta a seguir o la pertinente fechoría a perpetrar.
Descripción del lugar: de normal 100 metros cuadrados más o menos. Como es fácil de imaginar, suciedad a punta pala; en lo que al retrete se refiere, mejor no les cuento nada. Los aparatos de diversión lo componían, a discreción: futbolines, máquinas de pinball, mesas de billar francés (tres bolas) y mesas de pingpong.
En los años setenta se inauguraron por el centro de la capital unos macro salones de juego pertenecientes a alguna franquicia de la época con máquinas más sofisticadas y un ambiente mucho más distinguido; pero aquello era otra cosa…
Las máquinas de pinball también se les llamaba de «flipper», debido a que las paletas con las que le sacudías a las bolas así se denominaban. En esta especialidad acudían a jugar verdaderos genios (de verdad, no exagero). Sabían con precisión dónde atizar a las bolas para evitar que cayeran al orificio en el que desaparecían; nos arremolinábamos alrededor de estos jugones, muy callados – en ese tiempo éramos muy calladitos- pues de lo contrario podía volar un sopapo. Para conseguir que cundieran las poquísimas pelas que llevábamos en el bolsillo, jugábamos dos chicos en cada máquina, cada uno a cargo de un flipper. Cuando finalizaba la partida decíamos la manida frase: «echamos otra pelilla al pinbal.» Normalmente en estos antros no corrías peligro alguno si te limitabas a mirar y callar. Guardando esta actitud podías observar hechos asombrosos, como cuando algún vivales metía un alambre por la ranura de las monedas y jugaba gratis toda la tarde; incluso los más intrépidos, conseguían con una ganzúa abrir la caja del dinero. Toda una hazaña en esos días.
Los futbolines de jugadores atravesados por una barra de hierro han variado poco hasta hoy. Lo que sí puedo contaros es que existían algunos jugadores fuera de serie que en el 2026 podrían vivir de esta actividad cómodamente.
Las mesas de billar eran la galería de arte de estos garitos. Se jugaba billar francés (3 bolas). Transcurrían las horas contemplando a estos maestros, adivinando las posibles trayectorias de las bolas y el «efecto» que había que darles. La apuesta consistía en el «pierde-paga.» Se aprendía observando. No había posibilidad de practicar.
Para tratar de gobernar a esta manada de desatados estaba «el jefe»; bueno, en realidad, era una bicefalia, uno vigilaba por la mañana y otro por la tarde. De normal, solían tener distinto temperamento, uno más amable que el otro. A la voz de «¡Jefe, cambio!», este personaje acudía diligente para proporcionarte monedas sueltas que amontonaba en una faltriquera de cuero sobada y mugrienta que se ceñía a su barriga.
Dado el material genético que pululaba por estas salas, las peleas podían iniciarse en cualquier momento y por el motivo más ridículo. Instantáneamente se producía una atropellada carrera hacia la calle de todo el personal, era allí donde los encausados de la reyerta se sacudían de lo lindo. Nadie, en ningún momento, cometería la temeridad de separarles, ¡ni locos! He de apuntar que jamás se llamó, ni apareció, la Policía. Lo que sucedía en los futbolines se quedaba en los futbolines.
La canción de Serrat de hoy evoca, en tono agridulce, la propia infancia del cantautor, ese tiempo irrepetible de felicidad. La tituló, como no podía ser de otra manera, «Mi niñez». Pertenece al disco «Disco Blanco» del 70. Delicia de poesía.
Tenía diez años y un gato
peludo, funámbulo y necio,
que me esperaba en los alambres del patio
a la vuelta del colegio.
Tenía un balcón con albahaca
y un ejército de botones
y un tren con vagones de lata
roto entre dos estaciones.
Tenía un cielo azul y un jardín de adoquines
y una historia a quemar temblándome en la piel.
Era un bello jinete
sobre mi patinete,
burlando cada esquina
como una golondrina,
sin nada que olvidar
porque ayer aprendí a volar,
perdiendo el tiempo de cara al mar.
Tenía una casa sombría,
que madre vistió de ternura,
y una almohada que hablaba y sabía
de mi ambición de ser cura.
Tenía un canario amarillo
que sólo trinaba su pena
oyendo algún viejo organillo
o mi radio de galena.
Y en julio, en Aragón, tenía un pueblecillo,
una acequia, un establo y unas ruinas al sol.
Al viento los ombligos,
volaban cuatro amigos,
picados de viruela
y huérfanos de escuela,
robando uva y maíz,
chupando caña y regaliz.
Creo que entonces yo era feliz.
Tenía cuatro sacramentos
y un ángel de la guarda amigo
y un «Paris-Hollywood» prestado y mugriento
escondido entre mis libros.
Tenía una novia morena,
que abrió a la luna mis sentidos
jugando los juegos prohibidos
a la sombra de una higuera.
Crucé por la niñez imitando a mi hermano.
Descerrajando el viento y apedreando al sol.
Mi madre crio canas
pespunteando pijamas,
mi padre se hizo viejo
sin mirarse al espejo,
y mi hermano se fue
de casa, por primera vez.
Y ¿dónde, dónde fue mi niñez?

