Se cuenta que, durante la gran guerra, un capitán italiano quiso llevar a sus hombres al ataque, y tan elocuente estuvo aquel capitán en su arenga, tan bien de gesto, de actitud y de palabra que los soldados, al final, prorrumpieron en una ovación estrepitosa. Pero, figurándose acaso que asistían a una representación de Verdi o de Puccini, ninguno se movió de su sitio.
¡Avanti, avanti! – gritaba el capitán para sacar a sus hombres de aquella inmovilidad.
Y cada vez más entusiasmados, aunque también más decididos a no asomar la nariz fuera de las trincheras, los soldados repitieron su ovación exclamando a coro:
¡Bravo, capitano!
Es lo mismo que pasaba en el Congreso cuando algunos diputados pretendían influir con razones y con argumentos en la marcha de las cosas. Se les oía con gran delectación y se les ovacionaba frenéticamente; pero a la hora de votar, quedaban los hombres en el mayor desamparo.
¡Bravo, capitano! – le decían a Ortega.
¡Bravissimo, coronnello! – le decían a Unamuno.
¡Stupendo, generale! –vociferaban ante Sánchez Román.
Pero se ponía el asunto a votación, y la cámara votaba con Baeza Medina, con Remigio Cabello o con Laureano Paratcha.
Los votos se negociaban entonces con el Congreso por un procedimiento semejante al que se usa en Vigo para negociar la merluza y el besugo. Un señor se presentaba allí con tantas o cuantas cestas de votos, y los compradores iban poniendo precio.
– ¿Qué quiere usted por el lote, vamos a ver? ¿La libertad de cultos?
– ¡Hombre! La libertad de cultos es muy poca cosa. Si a lo menos tuviésemos algún culto que liberar, quizás llegásemos a un acuerdo, pero no tenemos culto ninguno. Deme usted el sufragio femenino y cerramos trato.
– No, no. El sufragio femenino no me conviene porque las mujeres nos tienen mucha hincha. Le daré a usted la secularización de los cementerios. ¿Hace?
Y así iban dando unas cosas por otras –la secularización de los cementerios por la ley de Arrendamientos rústicos, o la ley de Términos municipales por la expulsión de las órdenes religiosas-, en un cambalache en forma de bolsa de pescado o de feria de ganados. Poco a poco, los escasos diputados que asistían a la Asamblea deliberante con el propósito de deliberar, fueron convenciéndose de la inutilidad de todo esfuerzo, y a los dos meses, no había tasca, garito ni lupanar en España donde se emplease un lenguaje comparable al de las Cortes. Al contrario. Cuando en cualquier lugar de mala índole profería alguien una palabra malsonante, los demás solían llamarle al orden diciéndole:
– ¡Cuidadito!, ¿eh? Aquí no estamos en el Congreso.
De las injurias más soeces y de los dicterios más violentos había diputados que, en un rapto de inspiración, pasaban a hacer el gato, el perro o la rana con verdadera maestría.
– Con que la tradición española, ¿eh? Miauu… – hacía un radical socialista.
– Guau, guau… – decía uno de la Orga.
Y tres o cuatro de la Esquerra añadían:
-¡Rrrrrrrrr!…
El pobre hombre a quien se pretendía anonadar con estos recursos tan ingeniosos se revolvía como Dios le daba a entender, y entonces no era raro que otro diputado cualquiera se encarase con él y le dedicase este piropo:
– Su señoría es un sinvergüenza.
No «Usted es un sinvergüenza», o «Tú eres en sinvergüenza», sino «Su señoría es un sinvergüenza», que, para el caso, equivalía a esto otro:
– Su sinvergonzonería es un perfecto caballero…
Por lo demás, la palabra sinvergüenza se gastó enseguida, y ya en plena labor constituyente solían usarse otras que me es de todo punto imposible reproducir aquí. La presidencia, claro está, se las hacía retirar a aquellos que las proferían, y esto era lo malo, porque, al día siguiente, los angelitos volvían a presentarse con ellas en el Congreso para dejarlas caer de nuevo, a la primera oportunidad, en pleno salón de sesiones. Hasta que aun las palabritas más duras llegaron a perder eficacia y se recurrió a los sonidos inarticulados y a las feroces onomatopeyas del hombre primitivo.
Y así, en este ambiente y por medio de ese lenguaje, cambiando artículos del Estatuto por puntos del programa socialista, o viceversa, en un verdadero regateo de gitanos, es como se fue haciendo esta Constitución tan nueva que tenemos y que se parece a los cafés más vanguardistas de la Gran Vía o de la Calle de Alcalá.
POSDATA.- Este artículo fue publicado en el ABC en 1935 por el gallego Julio Camba. Lo he rescatado para que ustedes, benditos lectores, propongan un parangón con la desastrosa, inoperante, desvergonzada y tabernera situación que se practica a diario en lo que debía de llamarse el Congreso de los Diputados. Prácticamente lo mismo que antaño. Salvajes…
Una reciente canción compuesta hace dos años por Ismael Serrano, titulada «La canción de nuestra vida», donde nos describe sus alegrías y quebrantos pasados, que el nombra como: la canción de nuestra vida.
Hubo un tiempo en el que todo nos nombraba.
Yo soñaba con canciones inmortales,
con abrazos al pie de una barricada
y gemidos retumbando en los portales.
Eran días de litrona y facultad.
Era el mundo desbordando mis sentidos.
Era el tiempo del reinado del azar,
del amor urgente y definitivo.
Era el tiempo del concierto en el café,
de las noches que duraban varios días.
El futuro no cabía en el papel
y sonaba la canción de nuestra vida.
El mundo dolía y yo te cantaba,
y tú, tú estabas ahí.
El mundo crecía en cada palabra
y yo era tu aprendiz.
Escribo junto a ti
la canción de nuestra vida.
Está por escribir
nuestra historia todavía.
El verano deshojaba el calendario,
y el amor rimaba entonces con futuro.
Apostaste todo o nada a unos labios.
Poco a poco viste transformar tu mundo.
Celebrabas tu contrato temporal
y nervioso preparabas la mudanza.
Los amigos ayudaban a cargar
toda tu vida metida en cuatro cajas.
El amor como un espejo se hizo añicos.
Enterraste algunos sueños en cenizas
y otra vez tocó mudarse a nuevo nido.
Y sonaba la canción de nuestra vida.
El mundo dolía y yo te cantaba,
y tú, tú estabas ahí.
El mundo crecía en cada palabra
y yo era tu aprendiz.
Escribo junto a ti
la canción de nuestra vida.
Está por escribir
nuestra historia todavía.
Te caíste y te volviste a levantar
aun cuando todo parecía imposible.
Te dijiste que ya no podías más,
y pudiste, ya lo creo que pudiste.
El planeta navegaba a la deriva
y tus hijos arribaban justo a tiempo.
Asustado planeabas y fingías
que sabías lo que estábamos haciendo.
Ya no ardes por las noches como antes.
Nos tocó vivir algunas despedidas,
nos cambiaron algunos interrogantes,
pero aún suena la canción de nuestra vida.
El mundo dolía y yo te cantaba,
y tú, tú estabas ahí.
El mundo crecía en cada palabra
y yo era tu aprendiz.
Escribo junto a ti
la canción de nuestra vida.
Está por escribir
nuestra historia todavía.

