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¿Cuándo fue la última vez que votaste con ilusión? – Primera parte Artículo de Óscar de Caso

Aunque últimamente se les note demasiado, las elecciones se han convertido sistemáticamente en un modo descarado de una lamentable competición entre élites. Dicha contienda, una y otra vez, provoca tener un gobierno limitado para con sus ciudadanos. Como fatal consecuencia, en cada ocasión que ejercemos el voto, se deciden menos cosas importantes. Al devaluarse el poder de nuestra elección, ellos construyen su chiringuito para tomar el mando de la cosa pública; nos pierden el respeto con descaro ofreciéndonos mucho consumo y demasiado entretenimiento.

Las elecciones resultan de una ridícula simpleza electoral con una aburrida, falsa, empalagosa, vergonzosa, ridícula y media docena más de estúpidos adjetivos. Casi todos nos ofertan el mismo producto resumido y engañoso: competititividad, crecimiento y mercado. Todo este circo nos lo cuentan líderes-marioneta de unos intereses minoritarios y oligárquicos. Esta cabalgata de atracciones despilfarra gastos inútiles que vierte el Ministerio de Hacienda sin contemplación. Estos mítines se han convertido en la misa laica de los militantes.

Sí, como ya he escrito, benditos lectores, estamos asistiendo a una especie de sainete de campaña electoral, los actores de la farsa nos los han impuesto. Esos actores, durante la campaña se transmutan metafísicamente, y en esos delirios nos hablan de identidades, valores, principios, esencias, de los cuales han carecido hasta ese momento. En sus programas electorales que intentan vendernos, la mayoría de sus contenidos son demagógicos, haciéndonos creer que esos derechos que nos ofrecen y que dicen que poseemos, se los pudiésemos reclamar, en cualquier momento, al Estado; que éste no está en disposición de garantizarlos, ya que es trabajo de los ciudadanos. Sin más… En momentos de gran polarización, muchos ciudadanos les dan su voto, aún a sabiendas de que sus candidatos mienten a discreción. A los candidatos no se les elige por su hoja de servicios productiva, sino por sus adornos: ¿es patriota? ¿es homosexual? ¿es hombre o es una mujer? ¿se parece a mí?

Escribamos sobre los debates electorales televisados. Aquí, sin duda, gana la forma, nunca el fondo; es, vergonzosamente, un espectáculo circense. Le damos crédito al que mejor pelee y salga airoso. Llegados al extremo de hacer sorteos con todo tipo de situaciones que reglamentan la función. Poniendo la guinda, de que no es el anfitrión el que impone las condiciones a los invitados, sino éstos. De traca.

Ahora toca datos empíricos. El socio segundón de una coalición, ese que ingenuamente se cree que porque le han concedido tres mini ministerios gobierna; ese suele salir muy perjudicado en las elecciones.

Los servicios demoscópicos, en primer lugar y el escrutinio más tarde suelen castigar las batallas internas y su división en los partidos.

Los pobres votan menos. Los potentes en tesorería, los satisfechos de su situación en la sociedad, votan todos; en realidad, votan casi todos los que están interesados en la política. Los que no votan son aquellos que en las encuestas: no saben/ no contestan, personas resentidas, muy poco informadas, muy introvertidas, los que están preocupados por sobrevivir. Sus votos son decisivos…

Si te interesa y sigues la política es muy difícil que cambies de opinión y varíes de partido al que eliges siempre a la hora de votar.

Importante: el big data, con que sea capaz de variar el voto del 3%, está decidiendo las elecciones.

El imprescindible señor Anguita, don Julio, afirmaba: «Si para ganar votos tenemos que hacer cosas que van contra nuestra conciencia, que se queden con los votos. No se trata sólo de adoptar una posición política, sino hacerlo con franqueza, con sinceridad y sin traicionarse por un manojo de votos o por un puñado de sueldos».


Un soneto del cantautor Fernando Lobo (Cádiz-1979), escribe el fin del escrito. Lo ha titulado: «El vicio de cantar»

 

«El vicio de cantar no tiene cura,

el vicio de vivir no hay quien lo esquive,

el vicio de actuar te vuelve pibe

aunque baje el telón desde la altura.

El vicio de tocar siempre perdura,

el vicio de escribir nunca se inhibe,

el vicio de trovar nunca prescribe

aunque quede la escena muda, a oscuras.

Antaño me enganché a las emociones,

al cariño de ida y de regreso,

al aplauso, a la música, a sus dones.

Yo soy todo un vicioso, lo confieso,

pues llevo mucho tiempo entre canciones

y así no hay corazón que salga ileso.»


Óscar de Caso

Colaborador de Caudete Digital. Opinión política