Los que dicen saber del asunto político afirman con rotundidad: no vayas a las palabras del pasado creyendo que ayer significaban lo mismo que hoy. Las palabras permanecen, los conceptos son los que cambian. Yo añado: hoy más que nunca.
Cuando un político vive de la política, éste se debe auto definir como funcionario. Son un enorme contenedor de interesados, viviendo en una sociedad que se dice demócrata. Están convencidos, los muy cretinos, que los ciudadanos tenemos la obligación de adoptar su voluntad personal como la expresión de la voluntad general.
Desconozco cómo se articula la política en otros países; en España, cada vez más, estamos generalizando en una turba de irracionales, soberbios, inevitablemente vulgares y zafios hasta no poder más. Si tienes ocasión de mirarla con un poco de objetividad, desde fuera es cutre y populachera.
En el capítulo de la oratoria discursiva, sus disertaciones son repetitivamente retóricas, apelmazadas, carentes de estructura explicativa, sin apenas chispa de inteligencia y solemnemente soporíferas.
Si existe algo que se deba admirar de un político, casi una virtud, aparte de ser utilizado por su pueblo, es la de saber ser sustituido, no por su partido sino por sus ciudadanos.
Si tienen ocasión, benditos lectores, de acceder a la historia de España, podrán comprobar de hecho que la política es una lucha, no hay duda; estas disputas acaban mal invariablemente, en ocasiones, con víctimas. La funesta paradoja se produce cuando les damos la espalda, entonces le dejamos las manos libres para que actúen a su albedrío.
Ellos, los políticos, se empeñan, y de qué manera, en explicarnos las cosas de una manera farragosa, sofisticada. Un servidor asevera que, si no pueden desarrollarlas con sencillez, no merece la pena escucharles.
La clase política ante los eventuales problemas, urgentes o menos urgentes, que les ocupan a diario, aplican el sosegante mantra: mañana será otro día.
El escrito de hoy lo finaliza el imprescindible señor Pla, don Josep, con sus siempre acertadas y lógicas palabras: «La política es el método que han encontrado los países consolidados y positivos para que la inmensa mayoría de la gente se saque de encima las dificultades de la vida en común, que son enormes. Donde más abundan los políticos es en los países fachendosos.
Los políticos actuales tienen un rey en el cuerpo –se dan pisto-, quieren ganar a cualquier precio y mandar, naturalmente. Tras haber ganado, como su ignorancia resulta en general indescriptible, su fracaso, resulta indefectible. Y así vamos tirando.»
Del poeta catalán Joan Margarit (1938-2021), hoy rescato el poema «Libertad». Tengo poco que explicar, solo leerlo con atención.
Es la razón de nuestra vida,
dijimos, estudiantes soñadores.
La razón de los viejos, matizamos ahora,
su única y escéptica esperanza.
La libertad es un extraño viaje.
Son las plazas de toros con las sillas
sobre la arena en las primeras elecciones.
Es el peligro que, de madrugada,
nos acecha en el metro,
son los periódicos al fin de la jornada.
La libertad es hacer el amor en los parques.
Es el alba de un día de huelga general.
Es morir libre. Son las guerras médicas.
Las palabras República y Civil.
Un rey saliendo en tren hacia el exilio.
La libertad es una librería.
Ir indocumentado.
Las canciones prohibidas.
Una forma de amor, la libertad.


