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De cómo enseña la enseñanza Artículo de Óscar de Caso

Obligado estoy, como acostumbro, a retroceder en la historia. Antes de la instauración de la II República española, padecieron una enseñanza regida por terratenientes, y plenamente pastoreada por la Iglesia, que presumía, estúpidamente, de su ignorancia. Se derogó, como no podía ser de otra manera, por una enseñanza laica tratando de desplazar la manera de formar a los jóvenes que ejercieron los Austrias y los Borbones.

Tiempos dictatoriales más cercanos de los que muchos parecen añorar con vehemencia, nos quieren hacer creer la excelencia que disfrutaban los estudiantes en aquellas fechas; parecen olvidar algo fundamental: acabar la escuela o ir a la universidad sólo estaba al alcance de las élites.

Aún más cerca en el calendario, las reformas dislocadas que los socialistas decretaron en el campo de la enseñanza con un incremento obligado e incontrolado, sin selección alguna, de la escolarización, supuso, como era de prever, un aumento del fracaso escolar. Concurrió de idéntica forma en las universidades, con el problema añadido de que la falta de profesorado que supuso la masificación favoreció la contratación de personal docente con deficiente nivel en su formación.



En la exigida instrucción obligatoria a cascoporro; para evitar ridículas susceptibilidades paternales, no se han tenido en cuenta a los posibles alumnos que no han tenido ni tienen intención, deseo o curiosidad alguna de aprender o a los que son genuinamente muy brutos (sin ningún deseo de ofender). Reconduciendo a este personal a otras sensaciones que se adecuen mejor a su espíritu. Lo han hecho, sí, pero les ha salido mal; han filtrado, de cualquier manera, camuflándolo con reválidas o lanzándolos a ciclos formativos que, por desgracia, no acaban bien.

A los gobiernos se les plantea una complicada disyuntiva: la enseñanza pública debe de servir para tratar de compensar las desigualdades que la sociedad y la economía provocan, o por otro sentido: seleccionar a los mejores. En casi todas las circunstancias, la historia contempla la segunda opción. Lo dejo a su criterio, benditos lectores.

El imprescindible y añorado señor Múgica, don José, con su marcada lucidez nos dice: «Un mundo que se está destruyendo, que multiplica los productos más innecesarios y posterga los esenciales, sin detenerse a pensar un segundo. Es necesario un terremoto ideológico. Es necesario una educación que se centre más en una lectura correcta del futuro y que prepare a las nuevas generaciones para un mundo superpoblado, cambiante y con recursos escasos».



Se está pergeñando una desafortunada tendencia patrocinada por los de siempre, por los caciques, por los poderosos, por los que quieren que nada cambie, que no se altere su opulento estatus. ¿Cuál es su abyecto plan?: promover y subvencionar las carísimas universidades privadas y disminuir progresivamente los presupuestos de las universidades públicas de un modo descarado.

Al profesorado de secundaria se le viene encima la circunstancia que junto al obligado dominio de la asignatura que desarrolla, se le suma la insuperable destreza que debe poseer este maestro en inocular a sus alumnos los conocimientos de que dispone. Se trata de unos alumnos disruptivos, muy jóvenes, con sus hormonas en estado de excepción. Una empresa colosal solo para un profesorado muy entregado. El último Ministerio de la Enseñanza 27.0 está muy empeñado en normalizar que sea el alumno quien decida lo que debe aprender, dejándole al profesor la única opción de acompañarle y jalearle. Se dicen que todo está en Google, de qué sirve memorizar, para qué pensar. Ahí es dónde debe proyectar el profesorado su labor esencial. Lo volveré a escribir siempre que sea necesario: los profesores están obligados a enseñar cómo pensar en lugar de qué pensar.

Turno de la universidad. Asevero que el gran cambio que tiene que dar la juventud se tiene que producir en la universidad; aunque, por desgracia, la universidad transmita unos conocimientos muy estandarizados. Hoy se manifiesta la valoración de las enseñanzas académicas en la que los diplomas técnicos prevalecen sobre los científicos, mientras los saberes humanísticos se difuminan en los vagones de cola.



Tengo la fortuna de haber compenetrado con mi amigo Paco el catedrático, una amistad de la de achucharnos en un fuerte abrazo cuando nos miramos. Me viene a decir, más o menos, que en la Facultad de Derecho no se oye hablar de Justicia, ¡cómo os quedáis! Se aprende pillería, a ser ambiciosos, el arte del camuflaje junto con un pelotilleo descarado. Actuar en los litigios con honradez y nobleza queda casi descartado. Aprender el oficio no está valorado, lo fundamental es aprobar.


La Nova Cançó (La Nueva Canción) la componían Els Setze Jutges (Los diez y siete jueces). Era un modo de protestar que dispuso parte de la juventud catalana durante los años sesenta por la represión que ejercía la dictadura de Franco sobre la canción en idioma catalán.

Solían componer estas canciones en el recorrido del tren de Sarriá. Miquel Porter, Lluís Serrahima y Jaume Armengol crearon la canción «Els meus ulls aquí» (Mis ojos aquí) que hoy recupero. Canción que de un vistazo nos revela un esquema de la España de aquellos momentos, sin malicia, falta de sarcasmo. Tal como era.



 

Cuando el viento es el viejo amigo

que desciende de los montes para poder traerte su beso

y es bravo en el amor, y en el juego es fiel,

pienso que he sido afortunado al poder abrir mis ojos aquí.

Cuando el mar es el antiguo amante

que te penetra las rocas y empapa tu piel,

y es bravo en el amor, y en el juego es fiel,

pienso que he sido afortunado al poder abrir mis ojos aquí.

Cuando el tiempo… cuando el tiempo…

Tiempos aquellos, cuando las brujas

aún se movían en lo alto del campanario

y eran dueñas de noches y tempestades

con líneas de vuelos regulares.

Pasad, niños, pasad, es como un guiñol,

¡hei! canta el gallo, se ha levantado el telón,

acto primero, lentamente asoma el sol.

El llano despierta y el Montgrí suelta un gran bostezo.

Tiempo de hileras de carros perezosos

que iban en busca del horizonte,

tiempo del «llonguet» y la bolsa de cuero

para ir a la escuela, y «cara al sol»,

tiempo de decir: -mosén, desde hace un mes,

y no sé cuántos malos pensamientos he tenido…-

– Dime el promedio, dime el promedio…-

Tocarse las partes es pecado, válgame Dios,

diez mil infiernos están ardiendo, válgame Dios.

Ay, en los años cincuenta la moral dentro de un bastón.

Tiempo de cine a tres pesetas

con derecho a silbar por el beso cortado.

Mientras, los abuelos practicaban lenguas

con los turistas de la comarca:

– vus tiré tot druat

y después truas quilometres giré hacia la goix!.

¡Y ya lo encontraréis, ya lo encontraréis!

¿Viste cómo me entendió? El próximo para ti.

Bah, en francés cualquiera se las compone.

Ay, en los años cincuenta, la sabiduría en el corazón.

Cuando el tiempo es el antiguo compañero

que te enriquece en recuerdos y te empobrece en lo que ha de venir,

y con el viento tan bravo, y con la mar fiel,

pienso que seré afortunado si puedo cerrar mis ojos aquí,

pienso que seré afortunado si puedo cerrar mis ojos aquí.

Cuando el tiempo… cuando el tiempo…

Todo cambia, nada cambia,

mira el tren, mira la vía.

Si lo piensas y observas bien,

ya sabrás filosofía.

Mil discursos, pocos recursos,

es el pan de cada día.

Sólo España, quién lo diría,

quiere estar sola y no cambia.

Monarquía, oligarquía,

dictadura, cara dura.

Gorro frigio sin prestigio

y después vino el prodigio.

Una guerra que lo estropea

y un caudillo que adoptó un hijo:

un joven con mucho empuje

a quien le faltaba un tornillo.

Hay fascistas y papistas,

y un puñado de largas listas,

aparceros, mercenarios

y gente que reza rosarios.

Hay carlistas y marxistas,

y también algunos optimistas,

policías y espías,

y gente sin escrúpulos.

Y «la no intervención»

y «los del Real Perdón».

Y sigue el carrerón,

que se alarga y que se acorta,

de corsarios y falsarios,

y visitas a otros barrios.

Los que pasan la frontera

haciendo el salto de la pantera,

bien forrada la cartera,

pegan «tiros» por detrás.

Las ratas de sacristía,

considerada gente pía,

y, ya ves, ¡quién lo diría!,

incluso mi tía.

Y sigue la letanía

del amor, la muerte y los días.

Óscar de Caso

Colaborador de Caudete Digital. Opinión política