De nuevo París

Editoriales

C360_2015-11-11-11-31-10-452Los atentados de París me han sorprendido en Turquía, país que es musulmán en un 95% aproximadamente. A las seis y media de la mañana, una hora menos en España, nos enterábamos del alcance de la masacre.

Turquía es un país fascinante. Hermoso y sorprendente, de gente trabajadora, alegre y hospitalaria. Escribo estas palabras cuando recorremos la Ruta de la Seda y Hassan, nuestro guía, nos sigue explicando la forma de vivir de los turcos, sus costumbres, su política pasada y actual, su religión… Es fácil deducir que los principios del Islam son tan loables como puedan ser los del cristianismo, pero, como siempre, la religión mezclada con la política produce resultados desastrosos.

Por eso, los turcos veneran al fundador de la República de Turquía, Ataturk. Este presidente revolucionó Turquía, la modernizó en todos los ámbitos, la democratizó y la convirtió en un estado laico. Separó el Estado de la religión, y el salto cualitativo fue tremendo en la sociedad turca. Hoy en día, Turquía es un país sorprendentemente moderno y avanzado, donde, simultáneamente,   perviven costumbres ancestrales.

Claro que Ataturk no fue perfecto, y en su afán de modernización se pasó de frenada en muchas ocasiones, actuando como un dictador.  Por ejemplo, en el tema religioso prohibió el velo o el burka en las mujeres, algo que no gustó porque se trataba de una prohibición, una imposición. Cerró las escuelas religiosas, y prohibió la llamada a la oración desde los minaretes. Tiempo después, otro presidente hizo lo correcto: dejó libertad para que cada cual hiciese lo que quisiera en el terreno religioso. El resultado fue una convivencia religiosa armónica, con algunas (pocas) mujeres que usan burka, un mayor número que usa velo, y muchas más que no usan ni lo uno, ni lo otro. Se llama a la oración cinco veces al día, pero a nadie le molesta, y rezan los que son practicantes. A nadie se le impone lo que hay entre dios y cada persona, según explican.

A lo largo de la historia, esa mezcla fatal de política y religión ha conducido al enfrentamiento, a la guerra. Ha destruido imperios y ha borrado del mapa a países, como ocurre actualmente con Siria, un país que tenía más de cuarenta millones de habitantes y que ya no se sabe dónde están, porque la mayoría vaga a lo largo de las fronteras, tratando de huir de su tierra, una tierra deshecha por el fanatismo.

Los musulmanes turcos, y los de todo el mundo, lloran y rezan hoy por París. Lloran por la barbarie, lloran por cómo un puñado de fanáticos asesinos han tomado el Islam como bandera y excusa para sus objetivos de terror.

Los terroristas no representan a nadie, ni a nada más que a ellos mismos. No son más que una enfermedad mortal, un cáncer que sólo cabe extirpar.

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