Día de la Mujer

Editoriales

El simple hecho de que se celebre un Día de la Mujer debería preocuparnos, porque es la constatación de que algo no funciona como es debido en nuestra sociedad. Un recordatorio de que tenemos cosas importantes que resolver.

Sin embargo, celebrar el Día de la Mujer, hoy por hoy, es necesario. Es necesario porque son tantas las desigualdades y las discriminaciones que perviven todavía entre nosotros, que cualquier altavoz que las amplifique y nos las tire a la cara, supone siempre un avance. Ojalá llegue el día en que no se necesite recordar que la igualdad es un derecho y una obligación para todas las personas.

Este año, varios colectivos han organizado una especie de huelga general para el día 8 de marzo, con el lema «Si las mujeres paramos, se para el mundo». Por mi parte, respeto dicha huelga, aunque es cierto que el componente político que incorpora, ha levantado polvareda. Ni entro ni salgo en dicha convocatoria: todo el mundo es libre para convocar una huelga, y todo el mundo es libre para respaldarla, o no. Los sindicatos, por ejemplo, la van a respaldar a medias. Mientras CNT y CGT proponen huelga completa, los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, la respaldarán con paros parciales. Y muchas mujeres también se han manifestado en contra de esta convocatoria feminista, que llama «a la rebeldía y la lucha contra la alianza entre el patriarcado y el capitalismo», según las convocantes.

Al margen de esta huelga, el Día de la Mujer tiene que servir para poner el acento en lo esencial. Una vez… y las que hagan falta. Lo he dicho una y mil veces, pero no por ello dejaré de repetirlo: la educación de los niños es esencial para evitar el machismo y los potenciales maltratadores del futuro. El respeto, desde la infancia, tiene que ser un valor esencial en nuestra sociedad. Sin embargo, muchas veces, es un valor que se desprecia. Luego queremos que se adopten medidas contra la violencia, precisamente cuando nadie es capaz de respetar al de al lado… Queremos imposibles.

También lo he dicho una y mil veces, pero no por ello dejaré de repetirlo: la brecha salarial. Discriminación, pura y dura. Menos salario, por el mismo trabajo… sólo por ser mujer. Una vergüenza. ¿Por qué no se sanciona a las empresas que practican la discriminación entre hombres y mujeres? No es tan difícil comprobarlo. No es la solución definitiva, pero ayudaría a la equiparación. Ya sabemos que si no es a base de golpes, especialmente en la cartera, no reaccionamos. Y aunque la ministra diga que España es de los países donde más ha bajado la brecha salarial, no podemos ser conformistas, ni estar satisfechos mientras la equiparación no sea completa.

Y lo he dicho una y mil veces, pero no por ello dejaré de repetirlo: el Estado tiene que ayudar de una forma más efectiva a las mujeres que trabajan, y que quieren ser madres. Primero, porque es un derecho. Y segundo, egoístamente para el propio Estado, porque los hijos colaborarán en el sustento del país en un futuro. Vemos que España envejece, que las pensiones peligran, pero poco se hace para ayudar a que la situación se normalice. Precisamente, fomentando la natalidad, el Estado invierte en sí mismo, a la vez que ayudaría a normalizar una situación muy problemática para las miles de mujeres que trabajan y quieren ser madres. Las ayudas que se ofrecen hoy en día son, claramente, insuficientes.

Felicidades, pues, a las mujeres. A todas: a las que trabajan en una empresa, en su casa, donde pueden… o no trabajan. A las que viven en nuestro barrio, y a las que malviven en Siria, bajo las bombas, cuidando como pueden de su familia, o llorando su pérdida. O a las que se lanzan a la aventura casi mortal de embarcarse en una patera para intentar mejorar la vida de sus hijos, o las que nos operan en un hospital, o limpian, o investigan,… O a las que ganan campeonatos sin espónsor, porque el deporte femenino no vende tanto como el masculino, aunque el esfuerzo sea el mismo, o mayor.

Felicidades a las madres, a las abuelas, a las solteras, a las que se consideran libres y realizadas, y, especialmente, a las que están presas en su casa, a merced de alguien que no las merece… porque el 8 de marzo simboliza su sufrimiento, y su esperanza de una vida mejor.

Luchemos todos por los derechos de todas.

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