Según los sabios de esta materia, la génesis del Estado nación surgió a consecuencia, en el siglo XIX, del proceso de industrialización.
Existe un mensaje muy manido y demasiado visceral que se utiliza, y de qué manera, en los tiempos de convocatorias de elecciones como propaganda con el fin de ablandar y cambiar voluntades. Nos lo cuentan en esas misas laicas que eufemísticamente denominan mítines, proclamando que cuando obtengan el poder no dudarán en distribuir la riqueza quitando a los ricos para dárselo a los pobres. Por supuesto, viejas milongas.
La función principal del Estado debe de tener como prioridad: vigilar el cumplimiento de las reglas de mercado y asegurar la libertad y autonomía del contribuyente. Si éste no puede acudir a los mercados con la seguridad de que los bienes de que es propietario son invulnerables al acoso fiscal o a la arbitrariedad política de ese momento, ese Estado no cuida de sus ciudadanos.
Los Estados están formados de innumerables identidades. Como consecuencia, no debe imponer disciplinas ni obligar a un orden social determinado. Debe obrar como un doctor sicólogo y sociólogo para lograr articular todas las contradicciones de clase que hay formadas en una sociedad.
Los Estados, en general, se han quedado muy pequeños para solucionar los grandes problemas. Y, a su vez, excesivamente grandes para los problemas pequeños. En esas estamos…
También, por lo general, han tenido una tendencia invariable de favorecer al sistema económico dominante. Son muy de inercias más que de innovaciones. Las grandes sociedades anónimas, con todo su ejército de burócratas, dominan al Estado utilizando el chantaje de sus numerosas plantillas de trabajadores; en esta extorsión, salen perdiendo, aparte del Estado, las pequeñas y medianas empresas. Las grandes empresas quieren un Estado débil, ¿cómo? Reduciendo los impuestos, ¡fenomenal para el capital! Además de esto, quieren que desaparezcan las regulaciones económicas y financieras, ¡estupendo, para el capital, otra vez!
El Estado, quiérase o no, es un gran empresario; lo que en una simple regla de tres transforma a la política en un empleo. Nos guste o no. Como se ha demostrado que la política es un empleo, se tienen jefes, ¿cuáles son éstos? Primero, los que te han financiado tu campaña electoral y, segundo, para los que tienen la potestad de sacarte fuera del gobierno.
Existe una frase que utilizan los gobiernos como coartada a modo de escudo protector que les permite ocasionar desgracias y tropelías y no sufrir ningún castigo: «Razón de Estado». Esta violencia que se permite ejercer por la «Razón de Estado» se le puede contrarrestar por parte del ciudadano con parecida agresividad. No estoy hablando de terrorismo, benditos lectores, pero no deberíamos criminalizarlo, se trata de defensa propia.
Aquí, en España, el Estado ha perdido prácticamente el autogobierno. En el asunto militar, nos dirige la OTAN; en energías y combustibles, nos proveemos de otros países; la agricultura está subvencionada por la UE; Bruselas decide casi la política.
Un apunte más. Los ministros de un gobierno tan sólo son ministros. Deben de ocuparse de la parcela de poder que se les ha asignado, sin opinar ni aseverar sobre asuntos que no pertenecen a su negociado. Del gobierno de la nación se encarga únicamente el presidente del Gobierno. Sus ministros no tienen ni puñetera idea de lo que es gobernar. Ejemplos recientes les han sucedido a Unidas Podemos y Sumar, que han ignorado que ser ministro del gobierno no significa gobernar. A los próximos, casi seguro que les sucederá lo mismo. Apuesten…
El escrito de hoy lo finalizo con las estrofas de un joven poeta, periodista y community manager valenciano, Joseph Mercier García.
¡Oh, refugiados!
que causáis tal aflicción
que en un instante
lográis atemorizar al mundo.
¡Oh, desdichados!
que tan cobardes sois,
que atacáis a inocentes
para ostentar vuestro orgullo.
Vuestro dolor va devorando
las entrañas de la tierra.
Un dolor tan profundo
que ni el infierno quema.
Estrecháis con cadenas
nuestra libertad humana
y sometéis a condena
nuestra existencia vana.
¡Oh, héroes de pecado!
que desterráis el valor
de esta vida errante
y por doquier dais sustos.
¡Oh, furtivos desalmados!
que rompéis el corazón
provocando sangre
y aun así os veis justos.
Destruís los recuerdos
y ahogáis sin pudor alegrías.
No cabe en nuestro cielo
vuestro historial de víctimas.
Mas ignoráis, enfermos,
que la muerte es más lenta
cuando se lleva por dentro
y la malicia envenena.

