Cada cierto tiempo aparece una nueva predicción que parece imposible ignorar. Que si la bolsa va a corregir, que si determinado sector está a punto de despegar, que si los tipos de interés van a cambiarlo todo o que si esta vez sí estamos ante una oportunidad que no volverá a repetirse.
El problema es que el mercado lleva décadas produciendo titulares de este tipo. Algunos aciertan. Muchos no. Y casi siempre sabemos cuáles eran buenos cuando ya es demasiado tarde para aprovecharlos.
Ahí es donde la inversión indexada plantea algo bastante menos espectacular, pero también bastante más sensato: asumir que nadie sabe con certeza qué va a pasar y organizar la cartera para no depender de una adivinanza.
Puede sonar poco emocionante. De hecho, lo es. No hay una historia brillante que contar en una cena ni una apuesta que permita presumir después de haber descubierto la empresa del año. Pero invertir no debería consistir necesariamente en tener la mejor historia. A veces basta con evitar unas cuantas malas decisiones.
El problema de intentar acertar siempre
Imaginemos que creemos que la bolsa estadounidense va a caer. Vendemos, esperamos unos meses y confiamos en entrar de nuevo cuando los precios sean más bajos.
Para que la jugada salga bien no basta con acertar la primera parte. También hay que saber cuándo salir, cuánto caerá el mercado, cuánto tiempo durará la bajada y, sobre todo, en qué momento volver a comprar.
Ese último paso suele ser el más incómodo.
Cuando el mercado cae un 10 %, siempre parece que puede caer otro 10 %. Cuando ha bajado un 20 %, las noticias suelen ser bastante peores que unas semanas antes. Y cuando finalmente empieza a recuperarse, rara vez manda una invitación avisando de que el suelo ya ha quedado atrás.
Predecir el mercado no es hacer una sola apuesta. Son varias decisiones encadenadas y todas tienen que salir razonablemente bien.
Por eso resulta tan difícil convertir una intuición acertada en una estrategia de inversión repetible.
La bolsa no responde solo a lo que ocurre
Hay otra complicación que a veces se pasa por alto. Los mercados no reaccionan simplemente a las noticias. Reaccionan a la diferencia entre lo que ocurre y lo que ya se esperaba que ocurriera.
Una empresa puede presentar beneficios récord y caer en bolsa. Una economía puede entrar en recesión y ver cómo sus índices empiezan a subir. A primera vista parece contradictorio, pero no lo es.
Si todo el mundo esperaba unos resultados todavía mejores, una buena cifra puede decepcionar. Si los inversores llevaban meses descontando una recesión severa y finalmente resulta más suave, el mercado puede reaccionar al alza aunque la economía siga atravesando dificultades.
El precio incorpora expectativas.
Eso hace que intentar anticiparse sea mucho más complicado de lo que parece desde fuera. No basta con saber qué sucederá. Hay que saber qué esperaba el resto del mercado y cuánto de esa información está ya reflejado en los precios.
Una alternativa bastante menos heroica
¿Qué ocurre si dejamos de intentar encontrar al próximo ganador?
La respuesta puede ser tan sencilla como comprar una parte pequeña de muchos activos distintos.
Una cartera ampliamente diversificada no necesita acertar qué empresa dominará dentro de diez años. Tampoco exige saber qué país crecerá más ni qué industria protagonizará la próxima revolución tecnológica.
Si una compañía aumenta enormemente de valor y forma parte del índice en el que estamos invertidos, participaremos en una parte de ese crecimiento. Si otra fracasa, su peso acabará reduciéndose.
No sabemos de antemano cuáles serán unas y cuáles serán otras. Ese es precisamente el punto.
En lugar de concentrar el esfuerzo en buscar la aguja, se compra el pajar.
La idea tiene menos épica, pero también evita cargar toda la cartera sobre una previsión concreta.
Lo que sí podemos decidir
Que no sepamos qué hará el mercado el próximo año no significa que todo quede al azar.
Hay bastantes cosas sobre las que un inversor sí puede tomar decisiones.
Puede decidir cuánto dinero destina a renta variable y cuánto a renta fija. Puede diversificar entre regiones. Puede escoger productos con costes razonables. Puede mantener un colchón de liquidez para no verse obligado a vender inversiones en un mal momento. Puede evitar asumir un riesgo que le haga perder el sueño cada vez que la bolsa cae.
Estas decisiones parecen menos importantes porque no permiten hacer grandes predicciones. Sin embargo, probablemente tienen más relación con el resultado final de una inversión que muchas de las noticias que ocupan titulares cada semana.
También está el horizonte temporal.
No es lo mismo invertir un dinero que puede necesitarse dentro de dos años que un capital destinado a la jubilación dentro de tres décadas. El producto adecuado no depende únicamente de cuánto puede ganar, sino de cuándo necesitaremos el dinero y qué pérdidas estamos dispuestos a soportar durante el camino.
Los costes no llaman la atención, pero están ahí
Hay pocas cosas menos atractivas que hablar de comisiones. Sin embargo, son uno de los elementos más fáciles de entender en una inversión.
Cada euro que se paga en gastos es un euro que deja de seguir invertido.
En un solo año la diferencia puede parecer pequeña. Unas décimas porcentuales apenas llaman la atención cuando un mercado sube o baja un 15 %. El efecto cambia cuando esas décimas se repiten durante veinte o treinta años.
Por eso la gestión indexada ha puesto históricamente tanto énfasis en los costes.
No porque una comisión baja garantice una buena inversión. No lo hace. Pero pagar más tampoco garantiza recibir más.
Y aquí aparece una diferencia importante entre costes y rentabilidad. La rentabilidad futura no la conocemos. Las comisiones, al menos en buena medida, sí.
El enemigo también puede estar sentado delante de la pantalla
Hay inversores que dedican mucho tiempo a elegir productos y muy poco a pensar cómo van a reaccionar cuando las cosas se tuerzan.
Ese detalle importa.
Una cartera puede estar perfectamente construida y acabar dando un resultado pobre si su propietario cambia de rumbo constantemente.
Después de varias subidas consecutivas aparece la sensación de que estamos quedándonos atrás. Compramos aquello que mejor se ha comportado. Cuando llega una caída seria ocurre lo contrario. El miedo pesa más que el plan inicial y vendemos justo cuando los precios ya han bajado.
Sobre el papel parece fácil no hacerlo.
En mitad de una caída del mercado, bastante menos.
Por eso automatizar algunas decisiones tiene sentido. Aportar periódicamente, mantener una distribución previamente definida o rebalancear la cartera cuando los porcentajes se alejan demasiado de su objetivo puede reducir la tentación de improvisar.
No elimina las emociones. Simplemente evita que tengan que decidirlo todo.
Automatizar no significa saber más sobre el futuro
Parte de esta filosofía se ha trasladado en los últimos años a los gestores automatizados, también conocidos como roboadvisors.
Plataformas como Finizens utilizan carteras diversificadas y procesos sistemáticos para gestionar las inversiones de acuerdo con un perfil de riesgo. El atractivo de este modelo está precisamente en que no necesita cambiar de estrategia cada vez que aparece una nueva previsión económica.
Eso no significa que desaparezca el riesgo.
Una cartera automatizada puede caer. Puede atravesar años malos y pasar largos periodos por debajo de máximos anteriores. El hecho de que haya un algoritmo detrás no convierte una inversión en segura.
Antes de contratar cualquier servicio de este tipo conviene mirar qué activos incluye, cuánto cobra, qué nivel de riesgo asume, cómo realiza los rebalanceos y si esa cartera encaja de verdad con los objetivos personales.
La automatización es una herramienta. No una bola de cristal.
Aceptar que no sabemos tiene cierto valor
Quizá una de las cosas más difíciles en inversión sea decir «no lo sé».
No sabemos cuál será la empresa más rentable de la próxima década. Tampoco qué mercado ofrecerá mejores resultados ni cuándo llegará la siguiente gran caída.
Y no pasa nada.
El problema empieza cuando convertimos una sospecha en una certeza y construimos toda una cartera alrededor de ella.
Quien estaba convencido de que un sector iba a triunfar podía acabar demasiado concentrado. Quien esperaba una caída podía pasar años fuera del mercado. Quien perseguía al fondo que mejor había funcionado recientemente podía llegar justo después de que terminase su mejor etapa.
Ninguna de esas decisiones parece absurda cuando se toma. De hecho, normalmente viene acompañada de argumentos bastante convincentes.
Ese es uno de los motivos por los que invertir resulta complicado.
La inversión puede ser aburrida y funcionar igualmente
Existe cierta presión por estar haciendo algo.
Leer noticias, cambiar fondos, mover dinero entre mercados, buscar oportunidades, interpretar cada decisión de los bancos centrales.
Permanecer quieto da la impresión de que estamos perdiendo el tiempo.
Pero una estrategia de inversión no mejora necesariamente por acumular decisiones. A veces ocurre justo lo contrario.
Una cartera razonablemente diversificada, unos costes controlados, aportaciones periódicas y una distribución de activos que podamos mantener durante los malos momentos no garantizan ningún resultado. Tampoco necesitan hacerlo para tener sentido.
Su ventaja está en otro sitio: no obligan a acertar continuamente.
Habrá nuevas crisis. También nuevos máximos históricos. Surgirán empresas que hoy no existen y otras que ahora parecen intocables perderán relevancia. Mirando hacia atrás, muchas cosas parecerán obvias.
El problema es que invertimos mirando hacia delante.
Y quizá por eso una de las estrategias más sensatas no sea intentar averiguar qué ocurrirá mañana, sino construir una cartera que no necesite saberlo.


