En esta época en que hay tantos hombres que de la noche a la mañana se sienten republicanos de toda la vida, yo declaro que no he sido republicano nunca. El malestar de España tenía, en mi sentir, causas demasiado profundas para que pudiera curarse con algo tan superficial como un cambio de régimen, y mucho menos con el cambio del nombre del régimen.
Desde luego, cuando la mentalidad colectiva, que, a mi juicio, era causa de todo, se hubiese transformado, el régimen monárquico tendría que desaparecer, y desaparecería, en efecto, de una manera automática; pero no desaparecería tanto por su contenido monárquico como por su total identificación con la vieja mentalidad y por su imposibilidad absoluta de adaptarse a la nueva. Por mi parte, yo era, naturalmente, de los que deseaban una transformación radical del espíritu público, y en cierto sentido se me puede haber considerado republicanizante, pero republicano, lo que se llama republicano, republicano de los que no ambicionaban para España nada más que la República, republicano por el republicanismo, y en resumen, republicano de toda la vida, no lo he sido jamás ni un solo momento.
También podía ocurrir otra cosa. Podía ocurrir que, por cualquier circunstancia, más o menos fortuita, un grupo de hombres verdaderamente nuevos se adueñasen del Poder, y que estos hombres determinasen entonces, con su conducta y sus actos inmediatos, la indispensable transformación de la conciencia nacional. Yo creo que el español ya empieza a estar cansado de andar a la greña con sus Gobiernos, y que, en el fondo, lo único que deseaba es ayudarlos realmente. Lo que pasa es que no se fía. Quiere jugar limpio; pero ve que el banquero juega sucio y entonces él sigue sacándose ases de la manga. Habría que darle la sensación de que por fin no se venía a asegurar el porvenir de los sobrinillos, sino a trabajar en serio y de buena fe por el país.
POSDATA.- El gallego Julio Camba es el propietario de este artículo publicado en el diario ABC en 1935.
El poema de hoy pertenece al cantautor francés Georges Brassens. Lo tituló «Pauvre Martín» (Pobre Martín). La adaptación en castellano la hizo Paco Ibáñez.
Con una azadilla al hombro
y en la boca un dulce cantar
y mucho valor en el alma,
se iba al campo a trabajar.
Pobre Martín, pobre miseria,
cava la tierra sin descansar.
Sin poner buena o mala cara,
sin tener celos ni rencor,
labraba los campos ajenos
cavando siempre con ardor.
Pobre Martín, pobre miseria,
cava la tierra sin descansar.
Y cuando le avisó la muerte
que por fin llegaba al final,
abriéndose la propia tumba
ganó su último jornal.
Pobre Martín, pobre miseria,
cava la tierra sin descansar.
Abriéndose la propia tumba,
ganó su último jornal,
y se tumbó sin decir nada,
él no quería molestar.
Pobre Martín, pobre miseria,
cava la tierra sin descansar.

