El semáforo

Editoriales

semaforo_faldaEl Ayuntamiento de Valencia ha empezado a colocar semáforos en los que la figura del peatón se representa con una mujer con falda. Según dice el gobierno municipal, se trata de una iniciativa para avanzar en la igualdad entre hombres y mujeres.

El Ayuntamiento de Valencia está encabezado por Joan Ribó, de Compromís, y defiende esta medida, como digo, en pro de la paridad entre hombres y mujeres. Ante la pregunta de qué le parece este cambio a hombres y mujeres valencianos, se han mostrado más favorables los primeros que las segundas, quizás para que no los tachen de machistas. A las mujeres, simplemente, les ha dado igual. Algunas, incluso, lo consideran discriminatorio, porque hace distinción entre el hombre y la mujer con faldita, algo que, utilizando la misma argumentación, ahonda en la desigualdad.

Una figura aséptica como la que muestran la mayoría de semáforos representa al peatón, sea hombre o mujer. Hay que recordar que las mujeres también llevan pantalones, pero aparte de la broma, la medida me parece un tanto absurda, tanto como la idiotez de ayer de Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, a quien le molesta la palabra «homenaje» porque le parece machista. En su lugar, ha empezado a utilizar en sus escritos oficiales la palabra «mujeraje». Sobran las palabras para calificarla.

Volviendo a los semáforos valencianos, personalmente no me molesta que el semáforo luzca peatón con falda o sin falda. Me molesta más que a los políticos les importe más la foto, la pose y lo anecdótico. Por ejemplo, en Valencia hace tiempo que se demandan más semáforos con sistemas acústicos para ciegos, algo que no parece interesar tanto a los políticos ni de antes, ni de ahora, porque eso no es noticia, aunque sea verdaderamente útil.

Hoy, Día de la Mujer, y el resto de días del año, hay muchas cosas que se pueden hacer para ir cerrando la brecha entre hombres y mujeres. Leyes justas para evitar la desigualdad laboral, para luchar de forma más eficaz contra la violencia de género o para conseguir conciliar la vida laboral y familiar. Seguimos igual en muchas cuestiones importantes, y en cambio hemos ido haciendo muchas tonterías que no han funcionado, ni funcionarán, por mucho que queramos ser «progres». Hemos retorcido y maltratado el castellano, nuestra lengua, creyendo que añadiendo muchas «aes» e inventando palabras hacíamos algún bien para evitar la desigualdad, pero eso es como querer tomar una píldora y adelgazar: queremos lo fácil, y ya con eso nos quedamos tranquilos.

En este sentido, yo intento seguir escribiendo lo mejor que sé, tal y como me enseñaron mis profesores, Don Pedro o Don Rafael (los que rondan mi edad los recordarán perfectamente…). El lenguaje hay que utilizarlo correctamente, porque cuando se pervierte, pierde toda su fuerza. Los «niños» incluyen a los niños y a las niñas, y no hace falta hacer distinciones, porque nos pasa como con el semáforo: hacemos discriminaciones tontas que no conducen a nada. Nos da miedo hablar de manera inadecuada, y se utilizan, por ejemplo, símbolos como la arroba (@) cuando se quiere contentar a todos. Pero mira tú que hasta eso ya se cuestiona, y la razón es que ese símbolo es una A pero encerrada en una O más grande. Conclusión, la arroba es machista.

No es aconsejable dejarse influenciar hacia algo incorrecto, aunque el fin pretenda ser loable. Si algo está mal, seguirá estando mal aunque lo haga mucha gente. Como en tantas otras cosas, confundimos la velocidad con el tocino, y la igualdad entre hombres y mujeres es algo más. Fundamentalmente, se trata de actitudes concretas en el momento concreto, de respeto y de educación, una educación que empieza en casa, de pequeños, verdadero lugar donde empieza la igualdad entre hombres y mujeres.

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