El término con que he titulado el escrito de hoy apareció, hace bastantes años, en la revista Triunfo, firmado por Eduardo Haro Tecglen.
Desaparecidas las convicciones, las ideologías han quedado reducidas a disfraces intercambiables. No queda aureola romántica de guerrillero, partisanos y rebeldes, ha desaparecido todo vestigio de legitimación. La violencia se ha desligado de justificaciones ideológicas. Los ultraderecha y nazis no son tales, la ideología es una mascarada.
El homicida –por lo general muy joven- no sabe de nada, la historia no le interesa, la cruz gamada no es más que un requisito arbitrario, pero, además de narcos, dominicanos o magrebíes, el fascista dulce puede apalear inválidos, indigentes, débiles mentales, ancianos o niños. Los sociólogos afirman que esta forma de violencia está protagonizada por ciudadanos cada vez más jóvenes, que se sienten perdedores ante su situación económica sin futuro. Los perdedores, lejos de unirse bajo una misma bandera, van acelerando su destrucción.
El fascista dulce forma parte de la generación X. Esta generación tiene que arreglarse con menos, menos esperanzas, exiguos ingresos, ocupaciones temporales, trabajo mal pagado, sin privilegio, sin dignidad, sin futuro, en el sector servicios. Pero, insólitamente, no se rebelan enfurecidos como los agitadores juveniles de otros tiempos. Sus espíritus han girado hacia la acomodación y sus deseos se funden en otras órbitas. No protestan, no explotan. Esta juventud ha dejado de pugnar por el éxito, la fama y el dinero…
No son culpables, pero tampoco son jodidas víctimas. No toda la generación X, ni mucho menos, forman parte del fascismo dulce. Pero en su desesperación extrema está su germen.
POSDATA.- Este artículo y con el mismo título fue publicado en el diario El País. El día 3 de mayo de 1994. Escrito por Joaquín Estefanía.
La poesía que pongo hoy está escrita por el imprescindible señor Ruiz, don Pedro. Contenida en su libro «¡Paren el mundo que me bajo!». Lleva por título «Contra mí». Es una pequeña introspección sobre sí mismo.
Es difícil vivir contra mí, mí.
Atropella, presume, urge, agobia,
pretende y no cede.
Es como si mi ego, hinchado de
irreflexiones, hubiera robado el aire
de un gran globo y se negara a vaciarse.
Sin ruido, ni trayectoria.
He salido disperso, presumido y lapidario.
No bromeo.
Tengo un gran rebelde en los
pulmones por el que respiro suficiencia.
No sé si es defensa, estímulo o
sencillamente vanidad.
Seguramente si me viera desde
fuera me caería mal. Nadie puede
parecer tan seguro sin mentir.
A veces me puede la prisa, aunque
nunca la apatía.
¿Desmaquillado el mundo para
maquillarme a mí?
¿Abarco mucho por no saber profundizar?
¿Finjo en estas líneas una humildad
que no tengo?
Soy torpe, pedante y excesivo.
Y escribo solo para respirar.
Perdóname si te quito
el aire.
Sinceramente, Pedro Ruiz


