¡Magnífica orgía aquella orgía de la Bolsa neoyorquina, de donde han salido tantos hombres a vender manzanas en medios de la calle! Entonces todo el mundo jugaba. Con cien dólares en efectivo se podían manejar muchos miles en acciones, y a veces no hacía falta siquiera efectivo ninguno. El que tenía una profesión o un empleo, echaba una firma, y en paz. La Bolsa de Nueva York admitía toda suerte de boquillazos, y, al facilitar de este modo la compra de acciones, la demanda aumentaba, y, al aumentar la demanda, las acciones subían y todos ganaban; y, como ganaban, compraban más acciones, y las acciones volvían a subir, y las gentes volvían a ganar, y el globo se iba dilatando, y, cuanto más se dilataba el globo, ascendía mucho más alto, y nadie pensaba en el reventón inevitable.
Ésta es, en su primera parte, la historia de la última catástrofe bursátil que ha ocurrido en Nueva York. Segunda parte: un bell-boy del hotel, que acaba de traerme hielo, me ha dicho que tiene que apartar veinticinco dólares cada semana para cubrir su déficit en la Bolsa. Los chicos de los ascensores están en el mismo caso, y el jefe del limpiabotas paga doscientos dólares al mes. Sólo me falta interrogar una negra que me limpia el cuarto de baño todos los días cantando unas canciones del Sur al ritmo del aspirador eléctrico, pero temo que, si la interrogo, se ponga triste y deje de cantar.
Todos estos pequeños menestrales –los limpiabotas, las criadas, los chicos de recados, etcétera- se sacaban por aquel entonces sus buenos cien o doscientos dólares una semana con otra, y la vida no tenía limitaciones para ellos. ¿Que el «dulce corazón» quería un abrigo de pieles? Pues allá iba el abrigo de pieles para que el dulce corazón no se enfriase. ¿Que en qué restaurant se cenaba? Pues en el que tuviese la mejor revista de todo el Broadway. ¿Qué si el elevado o un taxi? Desde luego, un taxi, pero para la próxima ocasión convendría ir pensando si era preferible comprar un Buick de segunda mano o un Ford nuevecito del último modelo. Nadie reparaba en los precios de las cosas, porque todo se vendía a cualquier precio que fuese. Los comerciantes se hacían de oro, y Nueva York parecía una ciudad de las mil y una noches.
Pero no crean ustedes que Nueva York se ha achicado mucho con la catástrofe. Al contrario, Nueva York ama el peligro y adora las catástrofes, que constituyen, en último término, una de sus mejores formas de publicidad. Si las gentes no pudieran arruinarse aquí de la noche a la mañana, tampoco podrían enriquecerse de la mañana a la noche. La segunda posibilidad lleva implícita la primera, y a la hora actual Nueva York sigue lanzando nuevos negocios e inflando nuevos globos. El globo de la crisis comercial, por ejemplo, el globo de la desocupación, y la miseria, no sería extraño que llegase a adquirir un volumen comparable al del globo de la prosperidad.
En España no ocurren catástrofes. Nadie se arruina en nuestra tierra de una manera colectiva, pero si se arruinase alguien, ¿en qué se lo íbamos a conocer? Tendríamos que esperar hasta que se le rayera el traje y se le torciesen los tacones, porque, en fin, yo no sé de ningún ciudadano que pague ahí 20.000 duros mensuales de alquiler para que, verdaderamente, pudiera suponer una diferencia notoria su tránsito del estado de inquilino al estado de vagabundo. Claro que, a veces, y de un modo individual, se arruina un rico en España o se enriquece un pobre, pero también a veces nace una ternera con cinco patas o le brotan a una mujer unas barbas hasta la cintura.
Cuando se enriquece un pobre en España o cuando se arruina un rico parece que se hubiera subvertido no ya el orden social, sino el propio orden de la Naturaleza. Es algo así como un braquicéfalo rubio, después de treinta o cuarenta años de ser braquicéfalo y de ser rubio, se transformase inopinadamente a la vista del público en un dolicocéfalo moreno. En España uno es rico o es pobre como es alto o bajo, chato o narigón y de ojos negros o de ojos azules. Es rico o pobre, generalmente por herencia, y por una herencia que tiene todos los caracteres de la herencia fisiológica.
POSDATA.- Este artículo lo escribió el imprescindible gallego señor Camba, don Julio. Está incluido en el libro «La ciudad automática». Libro que contiene las experiencias vividas por este periodista peregrino en distintos países. Artículo que sirve como ejemplo de que las «burbujas» son cíclicas y se tropiezan en la misma piedra una y otra vez.
Mi casi amigo Javier Krahe (ya os he contado en otra ocasión el examen tan estricto que se tiene que aprobar para ser su amigo), coloca el fin del escrito de hoy. De su disco «Dolor de garganta» de 1999, la canción «La ley del mercado».
Si cierta vez ya volví por mis fueros
contra el error
y desmentí, damas y chapuceros,
algún rumor,
qué no haré hoy que el infundio me acosa,
lo he visto impreso,
que tengo un pie, como artista, en la fosa.
Pues nada de eso,
pincháis en hueso.
Cuando la ley del mercado decreta
quién es, quién no,
siempre confunde canción y peseta,
que lo sé yo.
Precisamente anteayer le cantaba
a una amiga en su casa
y me dijo «¡vuelve, vuelve a mí!»
Y eso es señal de que soy un artista
y eso es señal
de que influye en que exista o no exista
lo comercial.
Aunque en sordina pero muy activo
mal que os agrade
aún os levanto las novias en vivo,
y eso ¿qué añade
el hit parade?
Que es la mujer de valiosos artistas
la de anteayer
y me decía que pasa de listas
¡qué gran mujer!
Y me insistía para convencerme
que si sus maridos le gustaban algo,
yo algo más.
Pura ficción, me diréis, pataleta
de perdedor,
de quien, cambiando en extremis su meta,
salva el honor.
Con el retrato de tus aventuras
dices «son verdes»
esas que ves en lo alto, maduras,
que te las pierdes
y estás que muerdes.
No sé muy bien qué pensar, os diría
que estoy perplejo,
ya volveré sobre el tema otro día,
por hoy lo dejo.
Voy a decirle a esa pécora y falsa
que si se ha creído que es que yo soy tonto
o algo así.


