socialismo

Lo que no puede ser… no puede ser Artículo de Óscar de Caso



Hace bastantes años, se emitió una serie de televisión protagonizada por mi admirada Rosa María Sardá, viviendo en una apacible masía catalana donde la visitaban con mucha frecuencia sus hijos y nietos. Empleaba en ella a un musulmán socarrón y campechano, castigado en mil batallas sociales; cuando a la Sardá la surgía alguna situación donde se necesitaba una decisión rápida y simple, esta mujer le consultaba al musulmán; cuando la respuesta de éste era: «Señora, lo que no puede ser, no puede ser», ella no tenía duda de que era un no rotundo.

Volviendo al presente, benditos lectores, sostengo lo que le decía el árabe a la catalana; que hacer pactos la izquierda con uno de los componentes del vetusto bipartidismo, es decir, el PSOE, es pedir peras al olmo y de necesitar mirarse en un espejo de modo urgente para no autoengañarse. Con estos señores socialistas sin denominación de origen tan sólo se pueden formar alianzas muy puntuales y «muy flojitas». Así mismo, se da la circunstancia que al abdicar el emérito, el Poder ya tiene preparado su plan económico para los años venideros.

La España de hoy debería ser decisiva en dos opciones: la superación del capitalismo abocado al colapso de la civilización industrial y una política adecuada al palpable cambio climático que se sufre. Para intentar lograr estos objetivos se debe hacer muy eficiente la sanidad, la enseñanza y una atención puntual a las políticas sociales y de género; hacer efectiva y sin contemplaciones la laicidad del Estado y como colofón tratar de conseguir un mayoritario respaldo para implantar la III República Federal Española.

Sánchez poco imaginaba que su incuestionable victoria dentro del partido le fuera a corresponder un gobierno tan desapacible en donde las legítimas exigencias prometidas a sus votantes y a sus socios de coalición fueran tan obligadamente perentorias. Los barones de su partido añoran esos tranquilos y dulces momentos en que los gobiernos bipartitos centrales se alternaban en el poder en ficticia y descarada contienda. Se ha encontrado de bruces con unas derechas que no quieren soltar la caja del dinero público; la patronal de los empresarios que aprietan con más reformas laborales: exención «porque sí» de sus impuestos y el despido aún más libre, gratis y con bofetada incluida; de los bancos mejor no escribir para evitar bilis y merecidos odios; y por finalizar, que a una de las empresas más antiguas del mundo deslocalizada en el Vaticano se le consiga aplicar la misma Ley que al resto de los ciudadanos. Así es la realidad que se le ha presentado a Sánchez. No le deseo suerte, sino mucho coraje.

Si este gobierno de coalición no quisiera, no pudiera o no le dejaran hacer frente efectivo a estos graves problemas que hacen estremecer a la ciudadanía, no solo fracasaría el Gobierno; con él, cavarían su fosa los partidos de la coalición. Terminaré con palabras del imprescindible señor Anguita, don Julio: «Si este autodenominado Gobierno progresista se limita solo a gestionar lo existente, elude la confrontación ideológica, económica y de valores, ya está derrotado».


El poeta, ensayista, periodista, activista político nacido en el Salvador en 1935, Roque Dalton, le corresponde poner poesía al escrito de hoy con el poema «Los locos».

 

A los locos no nos quedan bien los nombres.

Los demás seres

llevan sus nombres como vestidos nuevos,

los balbucean al fundar amigos,

los hacen imprimir en tarjetitas blancas

que luego van de mano en mano

con la alegría de las cosas simples.

¡Y qué alegría muestran los Alfredos, los Antonios,

los pobres Juanes y los taciturnos Sergios,

los Alejandros con olor a mar!

Todos extienden, desde la misma garganta con que cantan

sus nombres envidiables como banderas bélicas,

tus nombres que se quedan en la tierra sonando

aunque ellos con sus huesos se vayan a la sombra.

Pero los locos, ay señor, los locos

que de tanto olvidar nos asfixiamos,

los pobres locos que hasta la risa confundimos

y a quienes la alegría se nos llena de lágrimas,

cómo vamos a andar con los nombres a rastras,

cuidándolos,

puliéndolos como mínimos animales de plata,

viendo con estos ojos que ni el sueño somete

que no se pierdan entre el polvo que nos halaga y odia.

Los locos no podemos anhelar que nos nombren

pero también lo olvidaremos



Óscar de Caso

Colaborador de Caudete Digital. Opinión política