Es un popurrí, ya que las crisis pueden ser: industriales, sentimentales, políticas, patológicas, económicas, medio ambientales y algunas otras más, seguro.
Escribamos generalizando sobre las desgraciadas consecuencias que promueven las crisis. Sacrifican a los pobres, enriquecen a los ricos y esclavizan al precariado. El capitalismo las utiliza aposta, para experimentar nuevas líneas de capitalismo, provocando, sin duda, un capitalismo aún más montaraz. Las etapas en serie bucle que pasa el capitalismo en cada una de sus crisis me atrevo a enumerarlas, ya que siempre son las mismas: auge de la economía, le sigue, irremediablemente, la recesión, continúa con una terrible depresión, su posterior recuperación y auge. Y vuelta a empezar. Entre el comienzo y el fin del ciclo, se han destruido instalaciones obsoletas y puestos de trabajo. En las crisis de lo primero que se pierde es la libertad positiva, fluyendo de inmediato la libertad negativa, aquella que reclama para sí la niña Ayuso, esa libertad en la que puedes hacer lo que te venga en gana, sin que nadie te lo impida y tengas suficiente tesorería para poder comprar lo que desees. Se desprenden de esa libertad en positivo como si se tratase de algo de lo que se pueda prescindir. El objetivo provechoso de las crisis viene a ser, que éstas se prolonguen en el tiempo con el abyecto objetivo de dar legitimidad a la creación de riqueza opulenta, cueste lo que cueste. Casi todas las crisis vienen cargadas de infinitas promesas junto a innumerables maldades.
Existen dos tipos de empresas: las de propiedad comunal y la empresa capitalista. Cuando sobrevienen las grandes crisis, la comunitaria se enfrenta a ellas bajándose el sueldo para mantener, en lo posible, el puesto de trabajo; el capitalista recoge las capas y se pega el piro (J.M. Serrat).
Las crisis de 1918-1920 junto con la de 1929 incluso la de 1939-1045 finalizaron con la idea muy clara de que no volviesen a suceder. Como se ha demostrado, acertaron con el diagnóstico junto con el pronóstico, pero erraron en el futuro. Se sufren multitud de crisis, guerras y las pandemias nos acechan.
Casualidades. El advenimiento de las dos repúblicas españolas supuso otro momento de crisis económica. La ciudadanía quería cambiar de manera radical y no tanto de cosas como de método.
Aunque pueda parecer una paradoja, las crisis trabajan mejor para las derechas salvadoras; incluso se ha escuchado en el Congreso a algún ministro de Hacienda alegrarse de ello, pues ellos se encargarían de solucionarla con su supuesta eficacia.
En la Gran Crisis de 2008, el semidesnatado PSOE no se atrevió ni a asomar la patita socialista, como bien hizo EEUU al finalizar la Segunda Guerra Mundial, imponiendo políticas económicas keynesianas. Fue una pena que la Gran Crisis no supusiera para Wall Street, lo que la caída del Muro de Berlín le acarreó al mundo comunista. Una lástima, joder. Habría que haber visto el cambio. Provocaron demasiadas muertes, tenían que estar encarcelados.
En la pandemia del Covid, a las derechas se les unieron todos aquellos cándidos angustiados que anhelaban con vehemencia que les aseguraran que esto del Covid pasaría rápido, que no es de gravedad, que todo iría bien. De la misma forma que pretendían engañarnos con los hilillos de plastilina que salían del naufragado petrolero Prestige en Galicia. Una curiosidad histórica nos asegura que de las antiguas pandemias la gente salía de ellas con mejor voluntad de ánimo y de cambio, a mejor, en la del Covid, hemos despertado peores, nos hemos convertido en unos malditos cabrones.
A la hora de escribir estos papeles, la crisis que estamos sufriendo, benditos lectores, se corresponde a la crisis de la democracia. Esta sí que es trascendental.
Termino con un texto contenido en el libro «Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?» escrito por Joaquín Estefanía. Muy aproximada profecía de la situación actual.
«El economista francés señor Fitoussi viene a dar un diálogo entre los ganadores de la Gran Recesión que les dice a los perdedores: «Lamentamos sinceramente el destino que habéis tenido pero las leyes de la economía son despiadadas y es preciso que os adaptéis a ellas reduciendo la protección que aún tenéis. Si os queréis enriquecer debéis aceptar una mayor precariedad. Este es el contrato del futuro, el que os hará encontrar el camino del dinamismo».
La canción de hoy la compuso y la canta Antonio Orozco. La tituló «Entre sobras y sobras, me faltas».
Nos faltó una noche de franela,
de pijama feo y calcetín por fuera,
de sofá con ducha fría y traicionera,
con masaje, crema, una copita y velas.
Nos faltó una mentira entera,
una falsa espera y una tarde fea.
Nos faltó desdibujar tu nombre,
y nuestro corazón de toda la escalera.
Nos faltó una sábana de Ikea,
un viaje de cartón, un despertar de seda,
un día remolón y una caricia vieja,
un vámonos pa’ allá y un sea donde sea.
Nos faltó una noche sin dormir
y un baile de salón en una calle estrecha.
Nos faltó descaminar Madrid,
desencallar el fin y reservar la fecha.
Y sobraron los cuatro disparos
que con tanto descaro nos dio el corazón.
Y sobraron los veinte puñales.
Y es que a veces la vida no atiende a razón.
Y entre sobras y sobras me faltas.
Y me faltan las sobras que tenía tu amor.
Y sobraron las quinientas veces que dijimos que no.
Nos faltaron un par de señales,
unos cuantos rivales
y un trocito de adiós.
Nos faltó despertar con abrazos.
Nos faltó una deriva por dos.
Y sobraron los cuatro finales
que con tanto detalle nos dio el corazón.
Y sobró lo de ser incapaces.
Y es que a veces no afina ni rima el valor.
Y entre sobras y sobras me faltas.
Y me faltan las sobras que tenía tu amor.
Y sobraron las quinientas veces que dijimos que no.
Y sobraron los cuatro disparos
que con tanto descaro nos dio el corazón.
Y sobraron los veinte puñales.
Y es que a veces la vida no atiende a razón.
Y entre sobras y sobras me faltas.
Y me faltan las sobras que tenía tu amor.
Y sobraron las quinientas veces que dijimos que no.

