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¿Por qué la sociedad de consumo no consigue hacernos felices? Artículo de Óscar de Caso

El término «consumismo» siempre parece afectar sólo a lo que compran los demás. Por eso da la impresión de que la supuesta crítica del consumismo es puro esnobismo mal disimulado o, peor aún, puritanismo. Si esta crítica de consumismo no aportase nada nuevo, los radicales de izquierda no la habrían aceptado. Lo que sí les caló hondo fue una teoría de Marx en los años 60: el capitalismo tiene crisis periódicas de superproducción. Para enfrentarse a esta situación, el capital enfrentado a sus propias contradicciones (superproducción, descenso de beneficios), intentaría remontarlo reestructurando completamente la acumulación mediante la destrucción, la financiación del déficit y la bancarrota.

La fabricación en serie incrementa la producción, pero también reduce el salario de los trabajadores, cosa que produce un descenso de la demanda. El sistema industrial, tras haber socializado a las masas como ejército laboral, se vio obligado a rematar la tarea y socializarlas (controlarlas) como ejército consumista. Las falsas necesidades que cree tener la población son necesarias para absorber el exceso de bienes producido por la fabricación en serie.

El error de Marx es que ignoraba el hecho de que una economía de mercado es fundamentalmente un sistema de intercambio. Aunque los bienes se venden a cambio de dinero, el dinero en sí no se consume; sólo se usa para comprar bienes a otras personas. Es decir, la oferta de bienes constituye la demanda de otros bienes. Una mayor oferta de un bien siempre genera una mayor demanda de otros bienes distintos.

Al contrario que Marx, el premio Nobel de Economía, Keynes demostró que las recesiones no las producía un exceso de bienes, sino una escasez de dinero. La solución no sería crear nuevas necesidades para incrementar la demanda general de los bienes, ya que esto no produciría efecto alguno. Lo que habría que hacer es simplemente poner más dinero en circulación. De hecho, una crisis sólo produce una disminución del volumen y número de intercambio, acompañado de una menor demanda de todos los demás bienes excepto el dinero. Cuando los políticos animan al consumidor a salir de compras para ayudar a levantar la economía, lo que quieren es hacer que el dinero circule.

Los anticapitalistas insisten en tratar el consumo y la producción como dos procesos completamente independientes. Sea como sea, no podemos evitar gastar nuestros ingresos en su totalidad. Si no los gastamos nosotros mismos, mientras lo tengamos en el banco lo gastarán otras personas. Lo único que podemos hacer para reducir el consumo es reducir nuestra contribución a la producción. Pero, claro el Día Mundial de No Ganar Dinero no suena igual de bien.

Quienes defienden el consumismo con el argumento de que genera empleo son igual de falaces. Olvidan que el ahorro personal no reduce la demanda general de mano de obra. Mientras tengamos el dinero ahorrado en el banco, insisto, lo estarán gastando otras personas.

En las sociedades muy prósperas, el auge económico no consigue incrementar la felicidad. Aunque el dinero no da la felicidad, tener más dinero que nuestro vecino contribuye enormemente.

Los bienes de consumo se valoran menos por sus propiedades intrínsecas que como símbolos de un éxito relativo. Conforme se generaliza la riqueza de una sociedad, el consumismo se va pareciendo cada vez más a una carrera armamentística.

Paradoja: las clases sociales de menor estatus económico están dispuestas a dedicar un mayor porcentaje de sus ingresos al consumo competitivo que las clases de alto estatus. Si conseguimos ignorar a nuestros vecinos, estaremos marcando un tanto contra el consumismo.

El enorme placer derivado del uso y la contemplación de productos caros y supuestamente hermosos suele ser, en gran medida, el placer derivado de nuestro sentido del lujo camuflado bajo el nombre de «belleza». Al final de esta competición todos los consumidores acaban por tener aproximadamente los mismos bienes. Pero ninguno de ellos pretendió jamás llegar a este nivel de conformismo.

En esencia, el consumismo se basa en la idea de que los bienes materiales expresan y definen nuestra identidad. Cuando el consumismo se combina con una obsesión cultural y con el intento de expresar la auténtica personalidad, produce una sociedad colectivamente inmovilizada por un número inagotable de trampas consumistas.

POSDATA.- El profesor de filosofía Joseph Heath y el investigador Andrew Potter son los autores del anterior escrito que he tratado de resumir del libro «Rebelarse vende. El negocio de la contracultura».


El poema de hoy tiene su autoría en el señor Bertolt Brecht. Lo tituló «El dinero».

 

Por el trabajo no me dejo seducir.

Para el trabajo el hombre no fue hecho.

¡Más del dinero no se puede prescindir!

¡Para el dinero hay que tener un respeto!

El hombre para el hombre es una caza.

Grande es la maldad del mundo entero.

Por ello, junta mucho, aunque sea con trampa.

y así se hará mayor tu amor al dinero.

Con dinero a ti todos se pegan.

Y es tan bien venido como la luz del sol.

Sin dinero, hasta tus propios hijos te reniegan:

Y no vales más que el valor de un caracol.

Con dinero no hace falta bajar la cabeza.

Sin dinero es difícil obtener la fama.

El dinero hace que lo mejor acontezca.

El dinero es la verdad. El dinero es la llama.

Los hombres ponen el dinero a gran altura

por encima del hijo de Dios, su heredero.

Quien quiera robar la paz de un enemigo

cuando ya se encuentre en la sepultura

que escriba en la losa: «Aquí está el Dinero».


Óscar de Caso

Colaborador de Caudete Digital. Opinión política