Comenzaré el escrito de hoy, haciendo mía una frase del imprescindible señor Múgica, don José: «Una historia larga muestra que las derechas se juntan por intereses y que las izquierdas se separan por ideas y esquemas».
Resulta, que la izquierda en ese debate interno constructivo de las ideas donde surgía un proyecto común con unas bases sólidas que procuraban beneficio y justicia social se ha ido desvaneciendo poco a poco y hoy sólo quedan cenizas y recuerdos. Estas divisiones históricas que se producían tiempo atrás que estaban ligadas únicamente a las ideas, han tornado, a día de hoy, en protagonismo personal, peleándose porque les hagan la foto o en erigirse «barón» de partido. Estos jóvenes y nuevos virreyes se aprovecharon de la marca SOCIALISTA para conservar parroquia, y se quitaron de encima el legado de sus mayores con el objetivo de ganar la pugna electoral y ocupar cargos y sueldos.
En lo que a las derechas se refiere, el debate interno de ideas se auto suprime de un modo radical y con un silencio corporativo. El fin es idéntico que en el partido socialista: ascender en el escalafón; pero la estratagema es bien diferente, aquí se utiliza la adulación, la lealtad y la omertá para otorgar favores a amigos y a empresas que luego devolverán cumplidamente con estupendos puestos de trabajo o subvenciones furtivas al partido.
En teoría, la izquierda se siente obligada a practicar la solidaridad, es decir, la ayuda y el apoyo a causas ajenas en momentos difíciles provocando conflictos internos a la hora de priorizar soluciones. Por el contrario, a la derecha le gusta confundir la caridad particular con solidaridad de partido practicando la indiferencia y la indolencia.
Frente a la disputa eterna e interna de la izquierda, las derechas no dudan en fundirse, aunque haya evidentes rivalidades, y compactar un grupo muy numeroso, de este modo, obtener escaños para alcanzar el poder. Las derechas confunden la justicia con la necesidad de víctimas, y por eso, ni en sueños reciben los intolerantes la visita de la duda en sus convicciones; se aíslan, no quieren contagiarse con la verdad. Han planteado con éxito una batalla de pobres contra todavía más pobres similar a la de los negros y basura blanca en Estados Unidos.
Los partidos de derechas y de ultraderecha han demostrado, de un modo claro, el aprovechamiento del estúpido e insano narcisismo que apesta a las izquierdas para hacerse con el mando y provocar por último y en el peor de los casos el fascismo venial y económico. Es notorio que la extrema derecha, casi siempre, ha arrastrado al centro derecha hacia sus posiciones. Por desgracia, a causa de estar mirándose el ombligo permanentemente, las fuerzas conservadoras están aquí para quedarse, se sienten muy confortables y se crecen con nuestro miedo. Nos apoyamos como ingenuos en el deseo de que la democracia lo soporta todo, y no es así. No lo escribo yo, benditos lectores, lo escribe la historia diaria.
Cuando asoma una crisis económica la derecha se ocupa en agrandar y deformar la realidad de las cosas, provocando consecuentemente el miedo de un futuro incierto, produciendo el rechazo a la izquierda, aunque ésta no se halle en el poder en ese momento. En el mientras tanto, la izquierda en un acto de contrición trata de purgar sus pecados y no sabe qué penitencia aplicarse. Parece vivir en «Los mundos de Yupi».
Es de admirar en la derecha la coherencia que despilfarran desde el primer instante y la falsedad que aplican de acuerdo a las necesidades puntuales, aplicando el mantra inviolable del partido: el fin justifica cualquier medio. La ridiculez de la izquierda consiste en cambiar de opinión cada diez minutos.
La canción de hoy es de 2012, pertenece al disco «La orquesta del Titanic». Es una coproducción entre los señores Sabina y Serrat. Se titula: «Quince o veinte copas».
En ella describe, en el trance de una borrachera, la notable diferencia atractiva que ejerce en una débil relación de pareja una papelina de farlopa frente a un tímido gintónic, y el amargo desamor que sucede al hecho.
Yo llevaba encima
quince o veinte copas,
ella odiaba los borrachos, como yo,
pero aquella noche
el rey de la farlopa
quiso quitarle la ropa
y ella no dijo que no,
quiso quitarle la ropa
y ella no dijo que no.
Papelina en el bolsillo vale un polvo,
yo no estaba en situación de merecer.
Derrapando se perdieron en un Volvo.
Balbuceando: «ego te absolvo»,
perdoné al amanecer.
Luego, en clave de sol,
compré palos de golf,
volví a clase de yoga.
Me metieron un gol
la noche que mi alcohol
perdió contra su droga.
Y aunque no conseguí
olvidarme de ti
sin pasión ni reproche,
decidí envejecer.
Cuando vuelvo a beber
ya no se hace de noche.
Decidí envejecer.
Cuando vuelvo a beber
ya no se hace de noche.
No acostumbro a exhibir
de punta el vello.
Nunca saco a pasear el corazón,
pero viéndola en los brazos de un camello
que la besaba en el cuello,
casi perdí la razón,
que la besaba en el cuello,
casi perdí la razón.

