Puntualizo. Escribo el término «moro» y lo llevo utilizando desde hace muchos años. Por supuesto, nunca peyorativamente, faltaría más, para separar a todas aquellas personas provenientes de África (no sé diferenciar países). Así mismo, distingo como «negros» a las personas que evidentemente son negras, de una manera corriente sin matiz alguno.
Una vez explicado el título, prosigo. Por movimientos que te sacude la vida, fui a parar a un empleo en un pueblo mediano, ni grande ni pequeño, donde convivían una abundante cantidad de personal extranjero, quizá demasiados, junto con lugareños oriundos. La próspera economía local se basaba únicamente en la agricultura intensiva (tres lechugas y un melón al año de cada palmo de tierra). En este recuerdo disperso intento no polemizar sobre el racismo. Lo único que quiero poner en claro, es que no puedo lograr a comprender que, sin esa numerosísima cantidad de inmigrantes locales que trabajaban en el campo, y sé –por propia experiencia en qué lamentables condiciones lo desarrollaban- que están generando un gran beneficio económico, se les trate de un modo tan despreciable por la parte española de este pueblo. No es justo, ni lógico.
Estuve trabajando en un negocio de este pueblo por espacio de ocho años. Lo regentaba un español junto a sus dos hijos varones, muy gandules (uno mucho más que el otro). Este fue el motivo de mi contratación.
En este establecimiento, ocho de cada diez clientes eran extranjeros, personal agrario. Observé, que se les trataba con un desprecio mal disimulado, como en casi la totalidad de las tiendas del lugar. Mi aptitud hacia ellos como vendedor, la mantuve siempre: trataba a los moros, a los sudamericanos y a los indios como a personas normales y corrientes. Un hecho insólito en aquel municipio. Tal fue el impacto de mi correcta e inusual consideración hacia aquellas personas, que vino a suceder algo lógico: las ventas aumentaron de un modo espectacular, a pesar del desdén mantenido hacia la clientela por parte del dueño y su prole. Explicable. Racismo en estado puro.
Mi honesto trato personal hacia tanta extranjería, me provocó problemas. Les ofrecí respetar su dignidad junto con mi mano mi mano y pretendían tomar mi brazo. Es casi consecuente, ellos no podían imaginar que un español les explique las cosas con la amabilidad debida. Intentaron liarme, casi engañarme, se hacían los despistados, los tontos, los ignorantes; me repetían varias veces que no me entendían. Hago un paréntesis para aseverar con rotundidad: que ellos no hablaban español con fluidez, pero coño, te entendían a la perfección. En numerosas ocasiones, para disipar el concepto de tonto bondadoso que yo les pudiera parecer, me acercaba mi cara a la cara de ellos a un palmo, y les hacía saber, con suave voz, de que el aparente tonto bondadoso les iba a expulsar de la tienda si persistían en su estúpida y abusiva actitud. Curiosidad empírica: lo comprendían a la perfección haciéndose asiduos clientes.
En este escrito no pretendo hacer un ensayo acerca de la inmigración en España, solo escribo desde la experiencia de los años pasados entre inmigrantes extranjeros. Lo que sí puedo aseverar, con mínimo margen de error es: que la inmigración mora trae de «fábrica» hacia España un inmenso recelo, casi odio furtivo. Que, además, se muestran perplejos y muy desconfiados del personal español que se les arrima sin atisbo de racismo o aprovechamiento de su vulnerable situación. Peor para ellos…
En 1994, Serrat con la canción «Te guste o no», del disco «Nadie es perfecto», hacía un gran canto a la tolerancia y a no dañar la dignidad de nadie. Asemejaba cuerpos, costumbres, ilusiones y temores entre los diferentes mundos que conviven en este planeta.
Puede que a ti te guste o puede que no
pero el caso es que tenemos mucho en común.
Bajo un mismo cielo, más o menos azul,
compartimos el aire
y adoramos al sol.
Los dos tenemos el mismo miedo a morir,
idéntica fragilidad,
un corazón,
dos ojos y un sexo similar
y los mismos deseos de amar
y de que alguien nos ame a su vez.
Puede que a ti te guste o puede que no
pero por suerte somos distintos también.
Yo tengo una esposa, tú tienes un harén,
tú cultivas el valle
yo navego la mar.
Tú reniegas en swajili y yo en catalán…
Yo blanco y tú como el betún
y, fíjate,
no sé si me gusta más de ti
lo que te diferencia de mí
o lo que tenemos en común.
Te guste o no
me caes bien por ambas cosas.
Lo común me reconforta,
lo distinto me estimula.
Los dos tenemos el mismo miedo a morir,
idéntica fragilidad,
un corazón,
dos ojos y un sexo similar
y los mismos deseos de amar
y de que alguien nos ame a su vez.


