redes caudete digital

Redes sociales 3.0 Artículo de Óscar de Caso

He titulado el escrito de hoy: Redes Sociales 3.0, por la circunstancia de que anteriormente había desarrollado dos artículos sobre el mismo asunto.

En el libro que estoy leyendo, John Perry Barlow, ciberactivista estadounidense, compositor del grupo musical Grateful Dead escribe: «A quien haya entrado por primera vez en Internet después de 1960, por poner una fecha, todo esto le sonará ridículo. Incluso a los que teníamos un sistema de correo electrónico antes del nacimiento de la Red de Redes nos cuesta recordar las enormes ventajas que tenía Internet en sus primeros tiempos. Los foros, los puntos de información y las listas de correo –las bases de la comunidad cibernética- eran entonces independientes. Las personas que se daban de alta en algún grupo aceptaban el protocolo de la red, y quienes no cumplían las normas eran ignorados o expulsados a cajas destempladas. Es decir, pese a no ser exactamente un mundo sin normas, el primer Internet fue un lugar tremendamente libre y descentralizado, sin jerarquías ni distinciones. El sueño ciberlibertario era que este sistema de interacción social sirviera como modelo para un orden socioeconómico nuevo.»

En su génesis, estas redes surgieron de reuniones, no sólo de informáticos caprichosos que despilfarraban ocio, sino de un popurrí de porros, alcohol y delirantes utopías, cuyo objetivo aspiraba a propagar cierta cultura a través de opiniones diferentes. Se crearon, no como una necesidad perentoria de alguna tribu social. Les vino a suceder algo similar a la síntesis de la película «Parque Jurásico». Se obsesionaron hasta el límite de lo científico, pero no se interrogaron unos a otros si lo que estaban haciendo era moral y ético con la pregunta: de si podían conseguirlo en lugar de si debían conseguirlo. Se les desmadró y brotó lo más malvado de las entrañas del ser humano.



Para el federado en estas redes sociales, éstas no las utiliza para aprender en un intercambio de opiniones, sólo se sirve de ellas para inducir movimientos hacia personas o asuntos sin apenas valor alguno, liderándolo de manera muy breve. A estos adictos consumidores, las redes les ofrecen un batido de alivio y placer, sin percibirse del mal que ellas están ocasionando.

Las redes sociales han desplazado en promover conocimientos, y de qué modo, a la televisión, también a la radio, al profesorado y casi han exterminado a la literatura que ilustra. Únicamente, ha de observarse un imperativo: que no existe reglamentación alguna. Cierto que existen normas subyacentes: no bromear con ciertos colectivos, tampoco hacer planteamientos disruptivos sobre ciertas formas de sexualidad, y algo fundamental: jamás disculparse ni pedir perdón. Y el primer mandamiento digital que uno ha de tener presente: todo es mentira hasta que se demuestre lo contrario.

La censura en las redes sociales no la lleva a cabo ningún censor funcionario, esa reprobación la manejan personas anónimas con un alto grado de sicopatía que emplean demasiadas horas en vigilar cualquier mensaje que ellos consideren dañino a la sociedad; de inmediato lo elevan a herejía, a pesar de que exista una libertad de expresión plena. Si podemos y queremos consultar la historia pasada, encontraremos, con facilidad, que, tras la invención de la imprenta, el celo de los inquisidores aumentó considerablemente; lo mismo que ha sucedido tras la invención de la Redes Sociales. Como esta censura se difunde en el océano del anonimato, puede tener su origen en un crio paranoico que al ser recogido por algún medio de publicación falto de escrúpulos profesionales, sea elevado a noticia. Al disfrutar de este secretismo de identidad, todos los participantes se igualan: al zote con el erudito, a los inquisidores de la fe con los doctores, al pensador riguroso con el cretino.



Aunque cuando vieron la luz, ni por un momento se pensó en la rentabilidad de las mismas, al congregar tan numeroso rebaño, los más avispados rápido las pusieron a facturar. Para los señores dueños del castillo de estos magnifundios, a sus clientes ni los tratan como tal, más bien como si poseyeran un rancho de ganado que hubiera que pastorear. Se convirtieron en un escaparate de la vida, donde como en todo escaparate, te invita y seduce a comprar lo que te muestran chicos y chicas con surtido de bikinis, abundante silicona, esteroides bien distribuidos, morritos salchicheros y muestrario de gafas de sol; todo ello con recomendaciones personalizadas y personificadas, ya sea de chonys o de descendencia de la realeza. Es un lugar tan etéreo, en el que la amistad se concibe sin el trato. Para este novedoso oficio tan sólo se precisa de un teléfono móvil atestado de filtraje glamuroso, aderezado con bikini o bañador sugerente. Estos escaparatistas ambulantes se pueden localizar sin dificultad alguna en cualquier reunión social; no disfrutan del evento, nada más lo fotografían todo.

Los niños del futuro tendrán mucha más consciencia que los adultos de hoy, de que lo que se comparte es público y pudiendo tener consecuencias desagradables. Como es de esperar, en sus escritos escatiman la Gramática y la Sintaxis. La gran mayoría de sus contribuyentes se sitúa en la adolescencia, desestimaron la asignatura de Lengua; la memoria la delegan en Google, el doctorado se reduce al ranking de seguidores y la amistad a Tinder.

Los políticos se han percatado, un poco tarde, de la decisiva influencia de las redes sociales (en un principio las desestimaban). El principal punto de entrada de información política, los jóvenes la absorben a través de las redes. Hasta tal punto, que perder en las redes se hace más difícil ganar en las urnas. Los que apuesten más por las redes son aquellos que impondrán su criterio. Es un lugar importantísimo para el futuro de la democracia. Ténganlo muy en cuenta, benditos lectores.




De 1998 data esta canción «Buenos tiempos» dentro del disco «Sombras de la China». Canción atemporal donde el señor Serrat hace una crítica de la mansedumbre silenciosa en la que caemos por desgracia del manipulador poder.

 

Corren buenos tiempos

para la bandada

de los que se amoldan a todo

con tal que no les falte de nada.

Tiempos fabulosos

para sacar tajada

de desastres consentidos

y catástrofes provocadas.

Tiempos como nunca

para la chapuza,

el crimen impune

y la caza de brujas.

Corren buenos tiempos

para equilibristas,

para prestidigitadores

y para sadomasoquistas.

Y silenciosa la mayoría,

aguantando el chaparrón

al pie de un cañón

de papel maché,

come el pan nuestro

de cada día

con un culo así

contra la pared.

Llorando en el mar,

viéndolas venir,

viéndolas pasar,

pasar, pasar…

Corren buenos tiempos

para esos caballeros

locos por salvarnos la vida

a costa de cortarnos el cuello.

Tiempos fabulosos

para plañideras,

charlatanes visionarios

y vírgenes milagreras.

Tiempos como nunca

para echarle morro

o sacar coraje

y pedir socorro.

Corren buenos tiempos

preferentemente

para los de toda la vida

para los mismos de siempre.

Óscar de Caso

Colaborador de Caudete Digital. Opinión política