Un poco de historia. En el imperio romano el «proletariado» eran aquellas personas que tan sólo tenían como patrimonio material su propia prole o descendencia, que le ayudarían en el trabajo y en sus necesidades.
Dato cruel, lógico y real: apenas el 1% de los empleos que existían hace cien años han sobrevivido del mismo modo que antiguamente. Así mismo, la clase obrera de hoy en día no es la misma que la de hace treinta años, no tiene ni los mismos intereses ni las mismas rentas. Hoy la gente se valora a sí misma en trabajar por una paga y poder gastarla después. Existe un pequeño reducto de trabajadores que desempeñan su trabajo como una obra propia, además de ganarse la vida.
Para aquellos que no lo sepan, desglosaré las tres partes del salario de un trabajador. Primera: el dinero a percibir en metálico de la nómina. Segunda: el indirecto, dedicado a los servicios de educación, cultura, sanidad, etc. Tercera: el que se guarda para pagar pensiones y las jubilaciones.
Escribamos acerca del empleo de funcionario. El cargo de funcionario lleva consigo una alta responsabilidad cívica junto con la dignidad que debe emplear en su puesto, que nunca debería valorarse como chollo o prebenda. Hoy, los funcionarios se quejan de bajos salarios aludiendo que su actividad es muy productiva. En mi opinión, en este tipo de trabajo es difícil comprobar si son productivos o no. En España, los funcionarios son una enorme carga para las Administraciones. Dándose el caso real de que, en numerosos ayuntamientos, casi la mitad del presupuesto municipal se emplea en pagar al funcionariado; muy interesado éste en que esta situación se prolongue en el tiempo.
Los profesionales autónomos suelen tener unos ingresos digamos «imprevistos», estando mejor preparados para poder soportar una recesión imprevista. A diferencia del grupo de asalariados, cuando de la noche a la mañana se ven sorprendidos con una llamada del departamento de personal donde le comunican que prescinden de sus servicios. Si sumamos a esta situación un contrato eventual muy precario o una avanzada edad, ya ni te cuento…
En la década de los noventa se elevó un temor del proletariado por el auge de las nuevas tecnologías; en su segunda mitad el miedo desapareció regresando la normalidad. En el 2008 la burbuja de las empresas «puntocom» hizo regresar la zozobra. En el 2009 se volvió a recuperar la economía, pero no así las contrataciones. En la maldita pandemia de 2020 se jugó con que había más miedo a perder el trabajo que a perder la vida. El coronavirus dejó más pobres que muertos, sin duda.
Tratan de convencernos de que destruir empleo en el supuesto nombre de la creación futura de muchos más empleos. Es una gilipollez como la de sustituir los contratos fijos por otros de dudosa calidad en nombre de un futuro prometedor. El «curro guay» de hoy es el que vemos en esas empresas localizadas no en naves de polígonos industriales inhóspitos sino en lugares ajardinados con plantas diáfanas, bien decoradas, donde se mezclan creativos, con ingenieros, psicólogos, rodeados de juegos recreativos y gimnasios con unos sueldos y primas que te cagas. El resto de la infantería con la poderosa ayuda de la globalización ha transformado España en un país casi sin industrias, pero con un sector «servicios» imponente donde se trabaja esporádicamente con contratos efímeros y esclavos. Hoy sabemos que cada puesto de trabajo de mierda que crea Amazon, destruye tres empleos de las tiendas tradicionales. Así mismo hemos entendido y está demostrado que no se crea más empleo ni abaratando el despido ni subvencionando la contratación.
Todas las conquistas laborales se han conseguido por medio de las huelgas, como debe de ser: el capitalismo no deja otra opción. Pero hay un hecho curioso que a lo mejor ha pasado desapercibido: en toda Europa han sido los estados socialistas los que hayan disminuido los derechos de huelga. Ciertamente paradójico. Con respecto a las huelgas, el imprescindible señor Anguita, don Julio sostenía: «Tenemos que reflexionar si para intentar poner en cuestión al sistema, en vez cincuenta huelgas se tendrían que haber hecho cincuenta días seguidos de huelga».
Las conquistas que obtuvo la clase obrera se alcanzaron con muy alto coste para sus actores. Hoy están siendo arrebatadas con mucha facilidad interponiendo excusas de necesidades técnicas.
Finalizaré el escrito con un contrasentido trágico y muy lamentable, pero contundentemente cierto: mientras los políticos quieren ganar puestos de trabajo, los empresarios desean perderlos. Es casi irremediable.
La poesía del día lleva el mismo título que el escrito de hoy «Trabajo, quiero trabajo». Su autor es Héctor Roberto Chavero (1908-1992) argentino, mundialmente conocido como Atahualpa Yupanqui.
Cruzando los salitrales,
uno se muere de sed.
Aquello es puro desierto,
y allí no hay nada que hacer.
Trabajo, quiero trabajo,
porque esto no puede ser.
Un día veré al desierto
convertido en un vergel.
El río es puro paisaje,
lejos sus aguas se van.
Pero mis campos se queman,
sin acequias ni canal.
Trabajo, quiero trabajo,
porque esto no puede ser.
Un día veré a mi campo
convertido en un vergel.
Las entrañas de la tierra
va el minero a revolver,
Saca tesoros ajenos,
y muere de hambre después.
Trabajo, quiero trabajo,
porque esto no puede ser.
No quiero que nadie pase
las penas que yo pasé.
Despacito, paisanito,
despacito y tenga fe,
que en la noche del minero
ya comienza a amanecer.
Trabajo, quiero trabajo,
porque esto no puede ser.
NOTA FINAL.- Me despido de ustedes, benditos lectores, hasta pasado el verano. Agradeciéndoles, de verdad, la atención y la voluntad que han dispuesto al leer mis escritos.


