ue

Unión Europea. Ilusión y frustación Artículo de Óscar de Caso

No debemos olvidar que la génesis de la adhesión de España a la Unión Europea parte de las disposiciones que se acordaron en el Tratado de Maastricht, que, querámoslo o no, nos supuso la segunda constitución española del momento.

Hace muchos años, para los españoles contrarios al «Régimen», entrar en Europa era una oposición clara contra el dictador Franco. Años más tarde, la infantería de a pie nos informamos y tuvimos ocasión de darnos cuenta de que Europa nos había seducido y casi engañado como a pareja de adolescente. Pasamos de la euforia a la sospecha inquietante. Comprobamos que sus sugerencias se transformaron rápidamente en imposiciones, que nos producen muchos gastos. Tan solo permanecen encantados una gran marea de funcionarios, otro buen número de exportadores y los agricultores que se benefician de las subvenciones procedentes de Europa. Puedo suponer que existe una frustración bastante generalizada.

Hay motivaciones evidentes ante esa desilusión. A la UE le es de vital importancia, -dedicándole mucha atención- los desequilibrios excesivos de los distintos países en materias macroeconómicas; mucho menos, las acusadas diferencias sociales de los ciudadanos que la componen. Pensamos, en un principio, que esta unión nacería como un proyecto solidario. Aunque, hay que escribirlo, que los casos de corrupción han sido mínimos, en la organización socio-política han fracasado.



Con la experiencia de los años, hemos comprobado que la UE se ha construido al gusto y a la medida de las principales potencias europeas, especialmente Alemania. Ella ha obligado, con toda su energía, a la austeridad más radical para con los países del sur de Europa, ¿cuál es el motivo?: su gran fuerza exportadora y la pobre industria de los sureños (PIGS).

La UE, en el transcurso de los años, se ha simplificado en dos siglas: una FMI, (Fondo Monetario Internacional), y la otra: BCE, (Banco Central europeo), que casi dedican todo su esfuerzo en mantener el déficit, no contraer deuda y promover la austeridad en las naciones que la componen.

Escribamos sobre las consecuencias que tuvo nuestro ingreso en la UE. Sin llevar un ranking de importancia, fueron: traslado de los poderes de decisión de la soberanía nacional, paulatina desaparición de la industria, la flota pesquera reducida a mínimos, en el ámbito laboral, ¡ni te cuento!, junto con las ridículas subvenciones al sector agrícola y ganadero para detener su producción.



La pregunta pertinente, benditos lectores, es: ¿a quién hay que pedir cuentas del retroceso palpable? ¿a la supremacía de los partidos conservadores en lo referente a la política o al propio modelo de funcionamiento de la institución? Una persona afirmó (no recuerdo el propietario): «Europa es un gigante económico, un enano político y un gusano militar. Los europeos venimos a ser unas personas sentadas delante de un televisor japonés, contemplando una serie americana».

El mayor disparate que se puede comprobar, es lo referente a la moneda única. Se comenzó a edificar la casa por el ático. Algo que debía de ser el asunto final de esta unión se colocó al principio. ¿En qué cabeza cabe que puedan tener la misma moneda, dos economías tan dispares como la de Alemania y España?

La prueba culminante de la ineptitud europea, vino a suceder con la grave crisis de 2008. Ésta, promovió la austeridad más integrista, con el equivocado deseo de recuperar el equilibrio económico. En cambio, los Estados Unidos propiciaron una gran inversión pública, logrando una salida mucho más rápida de esta crisis.



Relato familiar de un servidor: mi abuelo poseía, desde antiguo, un reducido número de vacas que le proporcionaban la leche que vendía a diario a la central lechera de turno. Para poder acceder a la Unión Europea, Felipe González y la UE le compraron cada animal y lo jubilaron. Herminio, mi abuelo, un hombre activo, permaneció desde entonces, sentado al sol con una cachaba entre las manos, en la puerta de su casa. Viéndolas venir, viéndolas pasar, pasar…

Un apunte final: son muchos los gobiernos a los que les resulta más cómodo quedarse dentro de la UE protestando, que asumir los costes de irse.


La poesía de hoy la compuso el asturiano fallecido en 2008, Ángel González, su título «Así parece», del libro «Promesas o menos» de 1985.



 

Acusado por los críticos literarios de realista,

mis parientes en cambio me atribuyen

el efecto contrario;

afirman que no tengo

sentido alguno de la realidad.

Soy para ellos, sin duda, un funesto espectáculo:

analistas de textos, parientes de provincias.

He defraudado a todos, por lo visto;

¡qué le vamos hacer!

Citaré algunos casos:

ciertas devotas no pueden contenerse,

y lloran al mirarme.

Otras muchas más tímidas me hacen arroz con leche,

como cuando era niño,

y sonríen contritas, y me dicen:

Qué alto,

si te viese tu padre…,

y se quedan suspensas, sin saber que añadir.

Sin embargo, no ignoro

que sus ambiguos gestos

disimulan

una sincera compasión irremediable

que brilla húmedamente en sus miradas

y en sus piadosos dientes postizos de conejo.

Y no solo son ellas.

En las noches,

mi anciana tía Clotilde regresa de la tumba

para agitar ante mi rostro sus manos sarmentosas

y repetir con tono admonitorio:

¡Con la belleza no se come! ¿Qué piensas que es la vida?

Por su parte,

mi madre ya difunta, con voz delgada y triste,

augura un lamentable final de mi existencia:

manicomios, asilos, calvicie, blenorragia.

Yo no sé qué decirles, y ellas

vuelven a su silencio.

Lo mismo, igual que entonces.

Como cuando era niño.

Parece,

que no ha pasado la muerte por nosotros.

Óscar de Caso

Colaborador de Caudete Digital. Opinión política