Una gran parte de los españoles casi siempre hemos entendido que en Latinoamérica han gobernado de forma dictatorial y tiránica unos dirigentes corruptos y mentirosos que se han aprovechado descaradamente del pueblo y que han gobernado cuidando tan sólo sus intereses privados.
Estos tipos han alcanzado el poder en terribles golpes de estado, con ayudas inestimables de grandes potencias, amañando elecciones fraudulentas, perpetuando apellidos.
Creo entender que hemos pensado que estos pueblos, al parecer, tenían lo que merecían o lo que deseaban, y no podían evitarlo.
Desde hace dos o tres décadas hemos comprobado que no era como pensábamos, que nos equivocábamos; que ansiaban la democracia igual que nosotros. Unos pueblos la han obtenido de forma pacífica y otros con revoluciones.
Ocupémonos de las revoluciones. Vaya por delante que los revolucionarios me producen mucho respeto. Las revoluciones sólo son posibles cuando han operado previamente cambios en las mentalidades. No es conveniente borrar su pasado, pero sí liberarlas de ese maleficio histórico que han padecido. En toda revolución profunda, la regla es que los explotadores, que durante bastantes años conservan sobre los explotados grandes ventajas opongan una resistencia larga, porfiada y desesperada.
Ellos saben que si fracasan en su intento los «pasarán a cuchillo», de ahí que se produzca lo que el señor Anguita, don Julio, llama «la visión califal del poder», o lo que viene a ser la exaltación interesada del hombre por encima del colectivo. Esa actitud desprecia las instituciones, las elimina como interlocutor en la relación gobierno-gobernados y, en suma, sacraliza al gobernante máximo para establecer con él una dependencia semejante a la del ídolo con sus adoradores. Esta actitud transforma al gobernado en súbdito, al gobernante en sacerdote máximo, a la Ley en capricho personal, a la justicia en «un favor» para sus fieles y al gobernar en un rito maquiavélico desembocando en una pura dictadura.
El caso más palpable de esta situación se ha desarrollado en la isla de Cuba, donde una dictadura viene campando a sus anchas desde hace décadas. La revolución del Manifiesto de Sierra Maestra, en el que prometían libertad, ha fracasado. Y el embargo, aparte de tapar muchas cosas que no funcionan, ha producido mucho daño a los cubanos.
El actual terrible caso de Venezuela tiene visos de terminar como en Cuba, un país este, Venezuela, al parecer rico, donde han gobernado siempre las fuerzas de derechas, y en el que también, al parecer, subsistía una población pobre que elevó al poder con su voto a Hugo Chávez en primera ocasión y, posteriormente, a Nicolás Maduro con un pequeño superávit de votos sobre su oponente. Los perdedores no aceptaron de buen grado la derrota; y los que «ganaron» las elecciones, no supieron, no quisieron o no pudieron ofrecer a los ciudadanos venezolanos la real democracia y la justicia social que prometieron en su momento.
«Las revoluciones no van a ser, como pensaba el marxismo, momentos de aceleración de la historia, sino momentos donde se deben echar los frenos de emergencia de la historia». Aunque no lo crean, benditos lectores, la autoría de esta afirmación pertenece a Juan Carlos Monedero.
Una poesía del señor Benedetti, don Mario, nos aliviará de tanto dictador de cualquier punto cardinal al que pertenezcan. Del libro «Cotidianas» de 1987, «Defensa de la alegría».
Defender la alegría como una trinchera,
defenderla del escándalo y la rutina,
de la miseria y los miserables,
de las ausencias transitorias
y las definitivas.
Defender la alegría como un principio,
defenderla del pasmo y las pesadillas,
de los neutrales y de los neutrones,
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos.
Defender la alegría como una bandera,
defenderla del rayo y la melancolía,
de los ingenuos y de los canallas,
de la retórica y los paros cardiacos,
de las endemias y academias.
Defender la alegría como un destino,
defenderla del fuego y de los bomberos,
de los suicidas y los homicidas,
de las vacaciones y del agobio,
de la obligación de estar alegres.
Defender la alegría como una certeza,
defenderla del óxido y la roña,
de la famosa pátina del tiempo,
del relente y del oportunismo,
de los proxenetas de la risa.
Defender la alegría como un derecho,
defenderla de dios y del invierno,
de las mayúsculas y de la muerte,
de los apellidos y las lástimas
del azar,
y también de la alegría.

