¿Almorzamos?

Editoriales

Entre las tradiciones y costumbres caudetanas, destaca una que aglutina a los de izquierdas, a los de derechas, a los del bando moro o cristiano, abogados o albañiles: el almuerzo.

Para los que viven lejos de Caudete, con «almuerzo» no me estoy refiriendo a su definición estricta, que viene a ser la de «comida principal a mediodía». Me refiero a ese bocadillo hermoso, acompañado de olivas, cerveza, carajillo y chupito o piedra final, que se suele meter uno entre pecho y espalda alrededor de las diez o diez y media de la mañana en cualquiera de los bares del pueblo o, según el caso y el momento, guaridas o casicas de campo. La composición del almuerzo, como es natural, varía según los gustos, pero el horario y, sobre todo, la actitud, no.

Los psiquiatras le llaman terapia de grupo, pero aquí le llamamos almorzar. Es el momento del día en que uno se relaja, y comparte con los amigos la actualidad, los dimes y diretes, los problemas y las alegrías. Es el momento idóneo para comentar el partido de fútbol, para poner en solfa a Puigdemont o hacer planes para el fin de semana. Y es que aprovechar esta comida para organizar otras comidas, es algo muy habitual y saludable. Si no es una gachamiga, será una paella, y si no, unas longanizas en la lumbre.

La felicidad no la dan las cosas, la dan las personas. Yo estoy feliz cuando entre mis planes a corto plazo tengo una comida con la familia, o con los amigos. Da igual que sea almuerzo, comida, cena o visita a cualquier sitio. Tener amigos, y no darle uso a la amistad, ¿de qué sirve?

Almorzar con alguien significa que ya sois amigos. No es lo mismo que comer, ni cenar. Comer siempre hay que comer, y cenar también, pero almorzar con alguien es mostrarle confianza. Hombre, si el almuerzo es en alguna guarida que me conozco, es almorzar, comer y cenar todo en uno, con final de fiesta incluído. En ese caso ya casi estamos hablando de otra cosa, una especie de lujuria gastronómica sólo apta para quienes el colesterol o la tensión alta hace tiempo que dejó de preocuparles, por imposibilidad manifiesta de resolución.

Así, un almuerzo caudetano como Dios manda debe incluir, casi en exclusiva, todos aquellos alimentos que rechaza taxativamente la dieta mediterránea: longanizas, morcillas, chorizos, panceta, guindillas, olivas de caústico, gachamiga, etc. Coñac para el café, y si es posible, algún licor, nunca de menos de 35 grados, para el final. A partir de ahí, para los más delicaos, Almax.

Todo se ve de otro color mientras se almuerza. Y si uno se estresa mientras trabaja, se acuerda de que mañana almorzará, y eso mejora el estado anímico enseguida. Los japoneses hacen deportes raros a mitad de la jornada laboral para eso, pero, sinceramente, me parecen tontás comparado con lo nuestro.

Este es mi pequeño homenaje a uno de los mejores momentos del día. Lo siento por aquellos que no lo pueden practicar, bien por el trabajo, por la falta de costumbre, o bien porque no tienen con quien almorzar. Este último caso, con diferencia, es el peor. Porque para almorzar solo, o no se almuerza, o se hace en casa.

 

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