Camino de Santiago Primitivo: San Juan de Villapañada – Salas

24 de abril de 2018

Sobre las seis de la mañana empieza el revuelo. Pero hoy no tengo tanta prisa como el primer día, y dejo que el albergue se vaya desalojando. Los pasillos entre literas son un ir y venir constante. La gente intenta no hacer ruido, pero los tropezones son frecuentes, por lo que pronto no queda ya nadie despierto.

En el albergue hay una máquina automática de café, y me hago un capuchino. No está muy allá, pero tampoco me voy a poner finolis en estas circunstancias. Como un poco de empanada que me sobró de la cena, y salgo dispuesto a emprender la segunda etapa, que me llevará hasta Salas. Aunque noto mis pies un tanto doloridos, no le doy importancia.

Los paisajes están pintados de niebla. La sensación de paz es inmensa, pero el Collado de El Fresno acapara pronto mi atención, ya que me sorprende su inesperada dureza, aunque no es excesivamente largo y pronto queda atrás.

Llegando al puente sobre el río Narcea, muy caudaloso, alcanzo a Juliana, la venezolana, pero que vive en Oviedo. La pobre lleva muy mal sus pies. Pese al pinchazo de la ampolla la noche anterior, sus pies la llevan por el camino de la amargura. Tanto, que casi está decidida a abandonar… Sus ojos denotan tristeza, y se nota que ha estado llorando.

Trato de animarla. Le digo, sin mentirle, que mis pies también me están doliendo, especialmente por la parte delantera, aunque espero que sea temporal. Cojea, y la acompaño durante un tiempo. Me sabe mal dejarla tan desanimada… Paramos en un bar a tomar algo, para ver si se anima, y parece que se tranquiliza y recupera un poco la moral. Después, me pide que siga solo, y me dice que ella seguirá a su ritmo.

Con el deseo de que Juliana no abandone, continúo la marcha.

A los pocos kilómetros alcanzo a Jose y Martín, los chicos argentinos. Son muy agradables, y enseguida hacemos muy buenas migas. Entre bromas, llegamos a Salas, una bonita población que, además, está de mercadillo. Llegando al centro del pueblo, un mercader llama a voces a Martín. «¿Ese es tu bordón?», le pregunta. Mis amigos llevan cada uno una rama que, más o menos, les hace la función de palo, o bordón, de peregrino (yo voy con dos bastones más técnicos, de aluminio). Martín se sorprende, pero le responde que sí… «¡Ven conmigo!», le dice el otro.

Martín lo sigue hasta una furgoneta, y el mercader le entrega un bordón como Dios manda… Cuando ve que José también lleva un palo improvisado, saca otro para él, y se lo regala también. Tras agradecerle sinceramente el gesto, el otro les gritó con una sonrisa, cuando se marchaba a lo suyo, «¡Recordad que os lo dio un gitano!»

Tras la anécdota, y ya con bordones PRO, nos dirigimos a comer. Llevamos más hambre que un «maestro escuela» (de los de antes) y buscamos un bar que nos recomendó Domingo, el hospitalero. Se llama «Casa Pachón», y no tardamos en localizarlo.

Nos sentamos a la mesa, y el encargado nos ofrece el menú: garbanzos con chorizo, lentejas, patatas con costillas… Como nos ve dudar, decide traerlo todo, más una buena botella de vino. Al poco, nos deja en la mesa tres fuentes bien cargadas. Nos miramos sorprendidos, porque aún no estamos acostumbrados a esta forma de comer… pero en un rato nos acabamos las tres fuentes, que nos dejan a punto de reventar. El señor se lleva las fuentes vacías, y cuando le vamos a pedir la cuenta, empieza a decirnos lo que había ¡¡de segundo!!

El hombre no tiene intención alguna de que le rechacemos nada, ni siquiera de que nos saltemos el segundo y pasemos al postre. Así que pedimos picadillo de chorizo con patatas, y merluza… El postre, a esas alturas, también nos entra (donde caben dos kilos, cabe medio más), junto con otra botella de vino, y el carajillo final es el broche de oro a una comida verdaderamente épica. Todo por 12 euros.

Acabando de comer, llega Juliana, lo cual nos alegra sobremanera, ya que durante la comida hemos estado hablando sobre ella. No sabíamos si habría abandonado. Pero no, alli está, hecha polvo, pero más animada. Se sienta con nosotros, pero logra imponerse y sólo le ponen el primer plato…

Martín y Jose se dirigen al albergue municipal, y Juliana y yo, junto a varios compañeros que van llegando, a uno de los privados, el «Rey Casto». El albergue es muy cómodo, con todos los servicios que se pueden pedir, y el hospitalero, además, es muy amable.

Por mi parte, el dejar de andar ha tenido un efecto que me inquieta: mis pies han empezado a dolerme, y mucho. Descubro ampollas… ¿Cómo es posible? Estoy acostumbrado a andar, las botas, aparentemente, me están bien… Estoy desconcertado, pero Juliana va a la farmacia y me compra el kit de aguja e hilo, ya que yo le di mi aguja el día anterior. Me pincho un par de ampollas grandes, pero los dedos pequeños de los pies me duelen mucho, y ahí no puedo pinchar nada.

Tras una cena, mucho más ligera que la comida, con los compañeros, también en «Casa Pachón», me acuesto con fuerte dolor de pies. El ibuprofeno me ayuda a conciliar el sueño…

Los bastones y el bordón

Estoy convencido de que la mejor opción para hacer el Camino de Santiago es llevar dos bastones. No son caros, pero no conviene que sean malos. El precio está en torno a los 15 euros cada bastón, y puedo asegurar que son una gran ayuda.

Son útiles para descargar el esfuerzo de las piernas, nos ayudan mucho en las subidas, especialmente en las más duras, y son imprescindibles a la hora de sortear las zonas de mucho barro. En momentos excepcionales, pueden incluso servir como arma disuasoria (con un animal, por ejemplo).

El bordón, ese palo más largo que portan muchos peregrinos, también tiene parte de las utilidades de los bastones, pero no es tan completo, aunque estéticamente es más bonito.

Alguno decidió poner nombres a bastones y bordones, así que los míos se terminaron llamando Heidi y Pedro. Otros, Romeo y Julieta. En cuanto a bordones, conozco a uno que se llama PaloPrimo, otro llamado Antón y, por supuesto, Tincho.


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