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La televisión: la caja lista que intenta atontarnos Artículo de Óscar de Caso

Óscar de Caso

Todos los políticos que alcanzan el poder, todos, prometen que cuando obtengan dicho mandato, el ciudadano podrá disfrutar de una información independiente, de una sobriedad en los presupuestos, de una televisión manejada con sentido común por profesionales del medio televisivo y no por «amiguetes del señor del castillo». La gente decente lleva esperando ese día muchos, pero que muchos años, demasiados sin duda. La televisión viene a ser para la política actual, casi lo mismo que la pólvora fue a la guerra.

Llevamos los televidentes, desde hace también muchos años, una drogodependencia en todos sus aspectos, al estar pendientes durante un número de horas mirando la tele, ensimismados…

El regimiento de tertulianos «de bisutería» que anegan la programación son capaces de debatir indistintamente en los diversos programas a los que acuden sobre temas tan dispares como: el estreñimiento generalizado o bien los celos contenidos de algún miembro de la familia Pantoja. La televisión está llena de bufones millonarios.

La intención previa de la televisión casi siempre es buena; pero como la televisión es un medio, depende de quien lo maneje, de quien lo utilice, de quien lo manipule.

Hoy parece que nada existe si no sale en la tele: ni un producto, ni una noticia, ni una persona… nada, nada. En lo privado, la televisión ha sustituido al rosario en familia o a las antiguas sobremesas. Es una especie de comensal barato, porque en realidad no se le sirve comida, pero es imprescindible.

La familia está alrededor de ella como alrededor del fuego sagrado. La televisión viene a representar como en las viviendas del antiguo imperio romano los lares, los dioses del hogar. Esto de verdad es una cosa tremenda. Sabemos perfectamente lo que tenemos que hacer, gracias a que ella es la gran ordenadora. La televisión manda, la televisión decide, crea determinadas necesidades que no existían, para ofrecernos inmediatamente un producto beneficioso para alguien.

Y es que la publicidad acaba con la libertad de elección, dirigiéndose no a la razón, que debe ser su destino, sino a la emoción, que es más fácil de seducir. Emplea unas formas de sugestión donde la repetición agota hasta el hartazgo. El engaño de un perfume con la belleza (¡de qué manera tortura por navidades!) o el amor con un coche.

Ese vehículo maravilloso que podía ser la televisión, esa especie de sucursal que tiene cada emisora en cada casa, si pudiese orientar, si pudiese hablar, si pudiese decir lo que honradamente debe ser dicho…

Es mentira que la cultura sea aburrida. Eso es falso. La cultura puede ser extraordinariamente atractiva porque ningún pueblo es apenas nada sin su cultura. Entonces, la televisión sería un medio no sólo de información, de formación y entretenimiento, sino algo que recuerde su cultura a la gente, su identidad, su proyecto, su memoria. Tengan en cuenta que el principal motivo de la creación de las Televisiones Autonómicas consistió en lo que he expuesto con anterioridad; por el contrario, comprueben el deplorable estado en que hoy supuestamente se encuentran; siendo mayordomías de políticos, pesebres de corrupción, manantiales de influencias, asilo retribuido para amiguetes desempleados y enriquecimiento desmedido de los de siempre; tapando sus carencias intelectuales, emitiendo infinidad de rancias películas del Oeste, zafio periodismo de campo, concursos extravagantes.

No se les olvide, benditos lectores, las televisiones autonómicas son de todos porque, por desgracia, las pagamos todos; pero tan solo sacan provecho de ellas unos pocos.

Estamos adaptándonos a la zafiedad, a la vulgaridad, a los concursos, a toda esa bazofia que de verdad no creo que corresponda al último común gusto de la gente. No puedo creer que el pueblo español tenga un gusto tan deplorable.

Josep Borrell se atrevió a declarar algo parecido a esto: «Si yo hubiese vivido siempre en Cataluña y me hubiese informado a través de las noticias de TV3, hoy me declararía independentista confeso».

El poder que tienen las administraciones para la concesión de licencias de radio y televisión hace que estén sometidas a revocación y, por consiguiente, también pastoreadas por tutelas partidistas. Lo se siempre, mande quien mande…

Desde hace relativamente poco tiempo, se han creado populares plataformas televisivas de pago, en las que pierdes más tiempo en elegir la película que en el completo visionado de la elegida. El único competidor que las amenaza a estas plataformas son las horas de sueño de sus usuarios.

En esta ocasión no finalizaré el escrito con un poema. La pluma del señor Quintero, don Jesús, es la elegida. Del libro «Trece noches», coescrito con el señor Gala, don Antonio. Nos hace una ecografía de cómo se mueven en su interior los integrantes de este poderoso electrodoméstico. He resumido su prólogo.

«La televisión era una mina saqueada y abandonada. La televisión era la palabra que más se pronunciaba y el tótem de mayor culto. Se leían menos periódicos y revistas que en los años treinta. El pueblo vivía en permanente zapping. Nada ni nadie existía si no salía en la caja tonta. Ser era ser visto y la televisión estaba para ser visto, para salir. Los mercaderes y los políticos aprovechaban el medio más poderoso de todos los tiempos para vender su mercancía. La basura, el morbo, la frivolidad, la violencia, el sexo y el sentimentalismo barato y de lágrima fácil se habían convertido en el único reclamo para atraer a la audiencia, a la que se halaga alimentando sus más bajos instintos. Todos buscaban una primicia absurda, porque además no había primicia. Todos buscaban el gran caso que les permitiera montar un juicio paralelo cada noche en sus programas. Todos buscaban la gran exclusiva que hiciera reventar los audímetros y les supusiera el mayor pelotazo de su vida. Pero, mientras tanto, se dedicaban a copiarse, a repetir los mismos argumentos con los mismos inevitables personajes, cada vez peor y con menos gracia.

La televisión estaba llena de bufones millonarios. Los informativos perdían rigor y credibilidad y pasaban a formar parte del espectáculo. Los debates eran gallineros en los que se imponían el guirigay, el grito, el golpe de efecto, las bromas de mal gusto, las descalificaciones, los insultos y la más elemental falta de ética y de respeto. No había ideología ni ideas ni reflexiones ni opinión. Todo era fuego de artificio, pirotecnia, vacío intelectual y moral. Los platós estaban llenos de un público mercenario, que se emocionaba, aplaudía, lloraba o reía a una orden del regidor. Nada era espontáneo ni verdadero ni auténtico. Se hacía una programación para bobos que no entendían nada mínimamente profundo ni tenían otra inquietud en la vida que las desgracias de los culebrones y los cotilleos de la prensa rosa. La televisión pasaba de la cultura como de algo aburrido y que no le interesaba a nadie. En su circo no había lugar para los sabios, los filósofos, los intelectuales, los líderes de opinión, los creadores, los poetas, los hombres y mujeres que de verdad tenían cosas interesantes que decir e historias que contar.

Si el pueblo supiera lo que realmente piensan de él los que programan las televisiones públicas y privadas, probablemente habría otra guerra civil.«