Pavor y Espanto

Editoriales

Hoy se ha desatado el terror en el mundo tras la matanza en un periódico de París. Un terror que más que por el número de muertes, impresiona por el salvajismo, la sangre fría y la facilidad con la que aparentemente personas son capaces de ejecutar a todo aquel que se cruza en su camino. Digo "aparentemente" porque es evidente que cualquier microbio tiene más humanidad que semejantes pedazos de carne, a los que no se puede calificar ni de animales.

Y todo en nombre de un profeta, o de un dios. O, al menos, ésa es la excusa para matar, para violar, para mutilar a miles de personas en todo el mundo. El ansia de poder de unos pocos líderes religiosos han conseguido fanatizar a una legión de descerebrados capaces de cualquier cosa, y no sólo en los paises de origen, sino que miles de europeos y norteamericanos se han unido a esa marea de terror que amenaza a todo aquel que no se pliegue a sus creencias y a sus exigencias.

El respeto por las religiones debe ser, y de hecho, lo es, un derecho en cualquier país civilizado. Sin embargo, cuando en nombre de la religión se cometen crímenes atroces como los de hoy, y que se suceden en el mundo a diario, no se puede tener una actitud ambigua. El exterminio de miles de personas indefensas a manos de estos grupos yihadistas no se puede contemplar impasible, sino que se trata de una cuestión de supervivencia, y tiene que ser combatida de manera firme. Tenemos tendencia a ser muy laxos a la hora de opinar cuando los crímenes se cometen muy lejos de nuestros paises, pero ya vemos que todos somos blanco de estos criminales, y que en ningún lugar se puede estar realmente seguro.

Las numerosas dudas y titubeos en el combate contra el Estado Islámico no hacen sino aumentar su fuerza, su capacidad y su moral. Cuando el mundo quiera darse cuenta, seguramente será demasiado tarde. Basta ya de justificaciones demagógicas de algunos ideólogos: lo que estamos viviendo en nuestros días es el auge de un fanatismo todavía peor al de los nazis. Limpieza étnica, matanzas, genocidio,… son las palabras más exactas para definir lo que de momento ocurre en Siria e Irak, pero que, sin duda, se extenderá a otros paises si quienes tenemos que proteger nuestra propia vida, y la de nuestros descendientes, no hacemos nada para evitarlo.

El mundo islámico no radicalizado tiene también una enorme responsabilidad en la lucha contra la barbarie yihadista. Tiene que condenar estos crímenes (hoy lo ha hecho respecto a los asesinatos de Francia) y tiene que educar a sus fieles en la no violencia, en el respeto y en la convivencia con otras religiones.

Hoy han matado a una docena de personas, se ha atacado frontalmente la libertad de expresión y se ha engendrado un gran odio en millones de corazones. Pero hay que estar por encima de todo eso, que es precisamente lo que quieren los terroristas. Hay que mantener la calma, por mucho que nos cueste, y hacer frente a los criminales con el estado de derecho, con las leyes, y con decisiones internacionales que, ajustadas a la legalidad, empiecen a frenar realmente una situación que en los paises afectados es de pavor y espanto, pero que se extiende cada día más hasta cualquier punto del planeta.

 

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